Las cifras de pobreza en México son verdaderamente dramáticas. Lo dicho por el Banco Mundial, así como el informe que habrá de presentar la ONU al presidente Vicente Fox Quesada, parecen ser innegables. Y tan es así que ayer mismo la secretaria de Desarrollo Social, Josefina Vázquez Mota, aceptó que 20 millones de mexicanos viven con un ingreso de 23 pesos al día; de hecho, según la funcionaria, más de 50% de la población vive en la pobreza, en rangos que van del umbral a lo extremo.
Esta situación se vuelve aún más dramática por lo senalado previamente en un reporte del Banco Mundial en el sentido de que México es la economía número 68 del mundo en materia de ingreso per cápita, aunque la décima más grande del orbe con un Producto Interno Bruto de 637.2 mil millones de dólares. Es decir, hay riqueza y estabilidad macroeconómica, pero la mayoría de la población mexicana es muy pobre, lo que demuestra una injusta distribución del ingreso a niveles no sólo preocupantes por lo que significan de explosivos, sino por la tragedia de quien vive esta situación. Bajo estas condiciones no podremos alcanzar las metas establecidas por la ONU para el ano 2015, cuando todos los países de América Latina deberán garantizar atención universal a estudiantes de primaria, reducción del número de personas en pobreza extrema, reducción de la mortalidad en ninos con menos de cinco anos, contener el avance del virus del sida y promover el desarrollo con protección al medio ambiente.
Este rezago que ya acumulamos, cuando apenas al iniciar este siglo se plantearon Los Retos del Milenio según la ONU, demuestra el gran fracaso de los proyectos políticos y económicos de nuestros gobiernos en sus tres niveles. Acaso sea más grave la responsabilidad a nivel federal, que es desde donde se disenan la política económica y los programas de combate a la pobreza en todo el país, los cuales no han superado una etapa meramente asistencialista, para convertirse en verdaderos motores de un ingreso constante y remunerador en las familias de México.
La retórica de todos los partidos políticos de cualquier corriente ideológica al buscar el poder ha sido la de atender a los más pobres y abatir los índices de desigualdad. Pero lo cierto es que lo que ve el ciudadano es a unos gobernantes y partidos políticos en luchas interminables y juegos de poder, ajenos a sus necesidades, pues para aquéllos lo que más importa son las proyecciones personales y de grupo.
Irresponsables como son, nuestro gobierno, los partidos políticos y el Congreso parecen vivir pensando más en sus posiciones personales o en sus candidaturas que en salvar la vida a millones de mexicanos. Mientras gobiernos de diverso signo ideológico se enfrentan de forma absurda y hasta grotesca, como ocurrió la semana pasada en el Congreso, el riesgo de inconformidad social en el país avanza y esto debe ser atendido con responsabilidad, con seriedad y con respeto por quienes los ubicaron en la posición que ocupan.
No es suficiente saber que tenemos finanzas públicas sanas o que nuestros empresarios son los más ricos del mundo; tampoco es suficiente conformarnos con entregar despensas mensuales a millones de desposeídos a lo largo del país; ello suena a caridad, pero no a políticas públicas sanas y honorables. La distribución justa del resultado de nuestro trabajo es primordial; sólo así comenzará a solucionarse el gran problema de la pobreza en México. (El Universal).











