Política y fundamentalismo

"Francisco ValdésUgalde * SUN



Ni un mundo donde creíamos que la secularización avanzaría de modo natural como resultado de la mayor ilustración e inteligencia, del pensamiento crítico y el conocimiento científico, el fundamentalismo ha avanzado y asedia los valores de la libertad política y de conciencia. La idea de un mundo basado en la razón, que diversas civilizaciones del orbe labraron con entusiasmo y no sin tragedia, se ve cercada. El sitio no rodea solamente lo que algunos sectarios llaman ""pensamiento de izquierda"", sino toda manera de ver el mundo que anteponga la prioridad del entendimiento a la obediencia ciega en textos sagrados e inamovibles. En contra de los lugares comunes que atribuyen a ""Occidente"" la exclusiva del pensamiento racional y la secularización, se erige la evidencia de que, en diferentes épocas y geografías, existieron comunidades y sociedades en las que razón y tolerancia formaron parte de las piedras fundamentales de la convivencia y de eso que llamamos civilización. La historia del pensamiento nos ha ensenado que la razón no nació en el origen de Occidente, sino que antes y durante la antigüedad griega, en las regiones que conforman hoy partes de China e India, Asia Menor, Medio Oriente y el norte de África se desarrollaron las ciencias y la filosofía con base en la razón.

Algo semejante parece haber tenido lugar en las grandes civilizaciones originarias de América, aunque el fundamentalismo que acompanó su sometimiento hiciera desaparecer las fuentes que habrían dado testimonio de su evolución. Como ha mostrado Amartya Sen, la clave fundamental de la racionalidad como fundamento civilizatorio es la convicción de que los juicios morales pueden ser guiados por el escrutinio de la razón y no dejarlos a merced de dogmas, sean religiosos o de cualquier índole. La publicación en Dinamarca de unas caricaturas sobre la principal figura religiosa del islam ha dado pie a una extendida movilización de fanatismo musulmán. Lo mismo en la quema de las embajadas de Dinamarca y Noruega en Siria que en Beirut, Dakar, El Cairo, Ciudad del Cabo, Srinagar, Peshawar o Sana.

El espectáculo ha sido, por decir lo menos, impresionante, y parece representar la movilización activa de los sectores religiosos radicales de ese tercio religioso del mundo que representa la fe en las ensenanzas de Mahoma.

Pero aún más significativo es el choque que se produce contra un acto basado exclusivamente en la libertad de expresión. La publicación de las caricaturas se inscribe en la tradición de libertad de pensamiento que arraigó en Europa y puso fin tanto al despotismo como al gobierno de las personas con base en el dogma religioso. La cuestión se torna aún más compleja y preocupante por el explosivo crecimiento de la población islámica (ciertamente, no toda ella fundamentalista) en el seno de Europa, que ha llevado los conflictos entre religión y laicismo a extremos que no habían sido vistos desde hace mucho tiempo. A la reacción islámica ha seguido la declaración de la Iglesia católica afirmando que el ejercicio de la libertad de expresión debe estar limitado por el respeto a las creencias religiosas. Sabemos que la jerarquía católica nunca ha aceptado el credo liberal hasta sus últimas consecuencias, a pesar de haberse beneficiado de él. La explicación reside en que, en sus visiones dogmáticas, la Iglesia supedita el orden temporal al credo religioso, como ocurre en forma aún más intensa en el islam. Esta posición es inaceptable para quienes defienden una ética basada en juicios de razón, compatibles con la defensa del derecho de cada persona al dominio sobre su conciencia. Es evidente que el ""levantamiento"" del mundo musulmán ha sido agudizado por conflictos en varias partes del orbe. Los ataques terroristas de Al-Qaeda, el conflicto árabe-israelí, la invasión estadounidense a Irak y Afganistán, las humillaciones que a lo largo de muchos anos ha sufrido el mundo árabe en varios frentes, el endurecimiento de sus dirigentes religiosos y la reunión de política y ortodoxia religiosa han sido la mezcla explosiva que ha llevado a la situación presente. Aparte de las múltiples causas de estos conflictos, hay un punto central que esencialmente está en cuestión: la tolerancia y la sujeción al derecho que todo Estado liberal democrático ha de garantizar. Las exigencias formuladas a Dinamarca para ofrecer disculpas por las caricaturas publicadas son inaceptables, como lo ha manifestado la canciller danesa.

La progresiva reversión de las estructuras del Estado moderno en un gran número de países árabes, aunada a la presencia de núcleos poblacionales de credo musulmán en Europa se asemeja, indudablemente, a una especie de reedición de las Cruzadas medievales, solamente que a la inversa. Algún representante de la derecha italiana ha solicitado al papa Benedicto XVI ni más ni menos que eso: reiniciar las cruzadas contra los ""infieles"". La exacerbación de los conflictos conduce a la ascensión a los extremos. Frente a esta amenaza a la paz, los estados democráticos tienen el deber histórico de hacer valer la tolerancia y el respeto al derecho como única forma de reconducir el conflicto hacia cauces manejables. Para realizar esta tarea debe procederse a separar nítidamente en el quehacer público política y religión, Estado e iglesias, mezcla que está en el origen del fundamentalismo y la negación de la libertad. Es decir, tienen el deber de garantizar la libertad de apelar a la razón como fuente de juicios éticos y a la relación entre ambos como única forma legítima de derecho.

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Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

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