Por apatía| Chiapas arde

Federico Álvarez del Toro * CP. Si el lector vive en Tuxtla, la capital del Estado, habrá notado que desde hace varios días no hay cielo. Una pesada bruma blanca y caliente cubre el valle y alcanza temperaturas inimaginables al mediodía.

Si es aún más observador, notará que con los anos han desaparecido las especies de árboles originales tropicales como la Ceiba, el Amate, grandes productores de oxígeno y en su lugar se han instalado laureles y débiles ficus en las calles.

Si camina y cruza puentes, habrá observado a los majestuosos Sabinos milenarios agonizando a la orilla del río muerto. La plaga de zanates negros inunda los parques y desplaza los cenzontles. Tuxtla es la metáfora del caos, crece sin planeación. Las colonias cubren cerros sin agua. Un enjambre de combis desenfrenadas dominan las avenidas y atropellan la dignidad ciudadana. Los camiones arrojan humo negro.

Tuxtla está contaminadísima y hace mucho que rebasa los límites permitidos. El desastre ecológico es inminente, ya está aquí, aunque las cifras oficiales se limitan a estadísticas que poco significan al ciudadano común, el fenómeno no está aún dimensionado en la mente de los habitantes de la ciudad hasta que lo sufre en carne propia.

En esta época es cuando se observa un fenómeno que debía paralizar el estado si tuviéramos conciencia. La tierra se quema y avanza aceleradamente a la desertificación tan temida y anunciada por los conservacionistas de los anos cuarenta.

Para observar este fenómeno, basta con un recorrido aéreo que demuestra una destrucción de la cubierta forestal en la mayor parte del territorio y la aparición masiva de terrenos pedregosos.

Con la llegada de las lluvias, una enganosa hierba efímera, verde aparente, oculta la tierra partida y sin nutrientes.

Es una tragedia sin precedentes tomando en cuenta que la riqueza del Estado en cuanto a sus recursos naturales y capacidad de producir, era uno de los más privilegiados.

Las administraciones han sido desastrosas una tras otra. Actualmente se registra la migración más grande, gente de Chiapas al norte. El estado se debate entre pobreza extrema, problemas básicos de salud, educación y cultura. De raíz, tienen su origen entre otras cosas, en la sobrepoblación y una deficiente política ambiental.

No habrá decreto ni programa oficial que sea suficiente, si no se promueve con pasión un cambio de conciencia en la naturaleza humana, que tiene la idea equivocada que la naturaleza está disenada sólo para servir.

Las instancias forestales permanecen con sus servidores detrás del escritorio, estos personajes no hacen recorridos y están desvinculados de la realidad.

Hace falta un organismo que aplique el marco jurídico ambiental con verdadera eficacia, los legisladores al respecto no asumen un verdadero compromiso.

Las predicciones del Dr. Faustino Miranda, Gertrude Duby y Miguel Álvarez del Toro, sobre el inminente desastre ecológico, no sólo se han cumplido cabalmente, si no que se han adelantado a sus cálculos y la realidad está rebasando sus apreciaciones.

En unas cuantas décadas la deforestación de las sierras y montanas ya cobró vidas, pueblos y modificó la geografía de Chiapas, afectando su economía y la vida de sus habitantes.

Esto, a decir de especialistas, es sólo el comienzo del Apocalipsis de la naturaleza. La humanidad, quizás sobreviva con tecnología, pero vivirá un futuro de condiciones miserables. Matará por agua, por tierra, por alimentos.

A la gente y el ciudadano común poco les importa esta realidad, mientras no afecte sus intereses personales y pueda seguir consumiendo productos y haciendo una vida urbana; que se basa en lo desechable y desconectada de la naturaleza. Sin embargo, interiormente nuestro ser biológico demanda calidad de vida. Se engendran desórdenes psíquicos y un vacío interior que caracteriza a la sociedad contemporánea, y en gran parte es la desvinculación del ciudadano de su naturaleza interior y exterior.

La crisis ya está aquí, agudizada por una emergencia globalizada.