La apreciación que tiene la mayoría de los ciudadanos mexicanos en torno del Poder Legislativo, y en particular de los diputados federales, no va a mejorar pronto si en sus recintos no se respetan las formas más elementales del trato civilizado.
La honorabilidad del Congreso de la Unión se deriva de su calidad de representante esencial de la soberanía del pueblo de México. En ese sentido, resulta imprescindible que los representantes populares se comporten a la altura de ese honor y procedan en todo momento con la seriedad y el decoro que un puesto tan importante exige.
El grotesco incidente que protagonizaron diputados de PRD y PAN en San Lázaro ayer muestra hasta qué grado la polarización derivada del desafuero del jefe de Gobierno del DF ha obnubilado a los legisladores de algunos partidos, los que en lugar de demostrar con su serenidad y cordura que la razón asiste a sus demandas han optado por incurrir en el más vulgar de los altercados.
Aunque no son raras las ocasiones en que en muchos de los parlamentos del mundo los legisladores se hacen de palabras, prevalece en general, y brilla mucho más, el debate viril y bien fundamentado que la rina tipo callejero. Lamentablemente, esta situación se presenta cada vez con mayor frecuencia en México y eso es un síntoma de que las decisiones pudieran estar siendo tomadas más por la pasión del momento que por la razón que les asiste.
El Congreso de la Unión es respetable y por ello no se puede aceptar que se lleven a cabo en su sede manifestaciones que en nombre de la libertad de expresión atenten contra la respetabilidad de todos nosotros, ahí representados.
Pero la respuesta rijosa a estas manifestaciones, el insulto, la vejación personal y la invectiva a gritos tampoco son forma de enfrentar estas acciones. Es necesario retomar cuanto antes la vía del diálogo entre las instituciones partidarias y entre los poderes de la Unión que se enfrentan por razones ideológicas, políticas o administrativas.
Toda decisión tomada por el Congreso, que afecte a grandes sectores, debe asumirse escuchando las diferentes posiciones y perspectivas de los integrantes del Congreso; así es como se construye la cultura política y es así como se enaltece un trabajo que merece toda nuestra consideración si se hace con dignidad y respeto. Quienes se sientan afectados por una decisión de la mayoría del Congreso naturalmente están en su derecho de argumentar en contra y para ello existe el trabajo parlamentario, que es decir el quehacer de expresar las ideas para conseguir los objetivos que se buscan y la armonía final.
El desdoro a la imagen de la Cámara de Diputados no sólo se da internamente, sino que parece confirmar la impresión de que a los legisladores les preocupa poco su responsabilidad pública frente a quienes les otorgaron su voto y sí, les importa mucho su interés personal y sus pasiones individuales.
Todos estos agravios a los ciudadanos, que con su voto llevaron a estos representantes al Congreso mexicano y que con sus impuestos se les paga para que trabajen en la elaboración de leyes y cumpliendo acciones políticas para mejorar la democracia y la calidad de vida de los mexicanos.
Estas actitudes no serán olvidadas por los votantes, que cada vez están mejor informados y con un criterio más riguroso, producto de los fenómenos políticos de los que estamos siendo testigos. (El Universal).











