Por una ciudad sustentable

Moderna y miserable, estimulante y brutal, la ciudad de México ofrece una intensidad de vida que prospera sin orden ni plan de desarrollo, pero sigue en pie 22 anos después del terremoto que causó miles de muertes y la destrucción de centenares de edificios. Este 19 de septiembre, nos levantamos como aquel día con un recuerdo y un flamante Atlas de riesgos que se tardó dos décadas en llegar pero que ya está aquí.

Tardó una generación lograrlo y las conclusiones son obvias. La zona más vulnerable a los temblores de tierra está en las delegaciones Cuauhtémoc y Coyoacán, de suelo arcilloso que amplifica las ondas sísmicas.

En el megasimulacro para conmemorar la jornada participaron 3 millones de personas en 6 mil inmuebles, y a falta de una verdadera cultura del riesgo harán lo que ya hacen instintivamente cuando empieza a temblar: salir rápidamente de donde se encuentren. Quien visita el cruce de caminos que siempre ha sido la capital de México tiene que conocer el largamente esperado documento y prever lo mínimo, pero la carga de la seguridad y la organización civil no puede ni debe dejarse al individuo; para eso están las autoridades.

Los reglamentos de construcción y las especificaciones de resistencia tienen que cumplirse. De nada servirá un Atlas de riesgos sin aplicación y sanción a quien lo incumpla.

Desde que ocurrió el terremoto no se había visto en la capital tanto edificio nuevo como en el último lustro. Gigantes urbanos de acero y vidrio, sin previsiones de agua, seguridad y transporte. Ni siquiera drenaje. El olor a canería es tan característico del Distrito Federal, que ya no sorprende a sus habitantes.

En Santa Fe se erige una ciudad paralela, grande y moderna, que demanda horas para entrar y salir de ella por falta de vialidades adecuadas. No hay plan urbano ni regulador, sino ocurrencias.

Las generaciones de mexicanos a las que nos marcó el terremoto del 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 horas hemos visto el desorden urbano: surgió la Zona Rosa como espacio artístico y se abandonó. Luego siguieron Polanco y la Condesa con usos mixtos, comerciales y residenciales, pero sin servicios conmensurables al crecimiento.

Más que racionalidad en el trazo urbano ha habido codicia y corrupción de desarrolladores y autoridades; faltan sustentabilidad y amor a la urbe.

Nos anuncian los expertos que la ciudad camina hacia una insustentabilidad social, económica y ambiental, sin servicios y con un transporte masivo relegado, de acuerdo con las conclusiones del Tercer Congreso Internacional de Transporte Sustentable.

Además de un ampliamente postergado Atlas de riesgos se necesita, pues, un atlas para transformar a la ciudad de México y a todas las urbes del país en ciudades amables, verdes, seguras, con espacios de convivencia vecinal y con voluntad de coordinación entre autoridades y ciudadanos.

Bienvenida la información que nos permitirá tomar decisiones respecto del riesgo que es parte consustancial de la vida; nadie se salva con un plano regulador, pero cuando menos con él la ciudad podrá ser más habitable. Quizás. (El Universal).