PRD: aprender a debatir

En un foro transmitido por internet, los cuatro principales aspirantes a dirigir el PRD ofrecieron este lunes un debate respetuoso y civilizado, muy ajeno a las intolerantes expresiones de algunos líderes del partido.

Al parecer, los perredistas pueden dialogar entre sí más allá de los exabruptos dedicados a los adversarios o a las propias diputadas que no doblan la cerviz.

Enhorabuena. Cuando las diferencias están a punto de ahondar las divisiones que desmenuzarían un verdadero partido de izquierda que hace falta en el escenario nacional, vale la pena ese esfuerzo del diálogo.

El debate es esencial en un régimen democrático, y asunto de vida o muerte en un partido, como el PRD, que a veces parece desinformado y alérgico a la confrontación de las ideas, inclusive las propias.

El rechazo al diálogo mantuvo separados a liberales y conservadores ante la invasión extranjera, hace 161 anos, al grado de que el enemigo común concluyó que los mexicanos nos podíamos matar alegremente entre nosotros mismos, sin ayuda externa. Así nos ha ido.

La ausencia de diálogo nos condena al estancamiento ideológico, y a falta de razones las corrientes fanáticas pugnan por el predominio en el partido con los recursos más envilecidos que tienen a la mano.

La lección es válida para todos los partidos, en un trance vital para la subsistencia de un sistema político en renovación.

La popularidad presidencial

La aprobación ciudadana al Presidente, reflejada por las encuestas de opinión, es un termómetro para medir su margen de maniobra frente a los asuntos puntillosos; nunca, salvo casos de extrema vulnerabilidad, puede ser una finalidad en sí misma.

Felipe Calderón se encontró en esa situación de incertidumbre por lo cerrado de la contienda, la torpeza del árbitro electoral y la virulencia de un candidato derrotado que apostó al debilitamiento de las instituciones. Revertir esa tendencia era central en el primer ano de gobierno. Ya no.

El error de la administración pasada fue justamente hacer lo contrario: mantener altos índices de aprobación a toda costa, incluso si eso requería permanecer impávidos ante los conflictos políticos y sociales. Los spots tienen sus límites y la impopularidad de Fox al cambio de sexenio fue una prueba.

Las circunstancias hoy se prestan para que el gobierno federal esté menos preocupado por las encuestas y más por las acciones: un rival debilitado y orillado al radicalismo, un PRI dispuesto a los acuerdos y un escenario electoral benigno durante el 2008.

El Presidente no obtuvo capital político para presumirlo frente al espejo. Hay mucho en juego: reforma energética, judicial y renovación del IFE. Si desea ganar, deberá arriesgar. (El Universal).