Presidencia de coalición

"Ya no es novedad hablar de parálisis legislativa en México. Desde que el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados, en 1997, las grandes reformas en materia fiscal, laboral, energética y política siguen en espera. La solución no es volver al esquema autoritario en que el Presidente manda sobre el Congreso, sino crear un gobierno capaz de construir mayorías en un parlamento plural. Parece imposible a juzgar por la experiencia de pugnas entre partidos, pero no lo es.

La inmovilidad legislativa es determinante en el estancamiento que sufre el país a todos los niveles. La economía se sostiene con alfileres porque la recaudación de impuestos es una de las más bajas del mundo. En el ámbito social, desde hace más de 30 años, las Legislaturas han aprobado millonarios programas de combate a la pobreza sin medidas de control que las blinden de la corrupción. En política, se ha permitido que los gobernadores ejerzan un poder sin contrapesos, en detrimento de la transparencia y la rendición de cuentas. Los ciudadanos no tienen herramientas que les permitan incidir en la toma de decisiones más allá del sufragio, lo cual genera la impresión de que la clase política es más bien una oligarquía.

Resolver estos, y muchos otros asuntos esenciales depende, de inicio, del Poder Legislativo. ¿Cómo lograr acuerdos cuando la mayoría de los legisladores no pertenece al partido gobernante? En un mundo ideal, bastaría la ética y el compromiso social de diputados y senadores. Sin embargo, dado que eso ha demostrado ser imposible en todo el globo, es necesario un sistema político que garantice acuerdos mínimos.

Una opción es el Parlamentarismo, un mecanismo en el que el gobierno es designado desde el Poder Legislativo. De esta manera las acciones del Ejecutivo dependen de la confianza de los legisladores. El problema es que algunos argumentan que en México no tenemos tradición parlamentarista.

Existe otra vía que ha demostrado cierta eficacia: el ""presidencialismo de coalición"" aplicado en Brasil. Conserva las ventajas del presidencialismo como la separación de poderes y el sistema de controles mutuos entre esos poderes, pero consigue superar la confrontación a través del reparto de puestos dentro de la administración federal entre los diferentes partidos políticos. De esa forma, con múltiples partidos en pugna, Brasil ha trascendido el inmovilismo, no sin problemas, aunque sin duda mejor que México.

Los políticos mexicanos no son los únicos despreciados por su sociedad. Desde Japón hasta Argentina, la gente los ubica en el sótano de su simpatía. Todos los hombres y mujeres con poder representan intereses irreconciliables con los otros. Hacer que lleguen a acuerdos depende de que las reglas los obliguen a hacerlo, los fuercen a dar y a ceder. Y eso es justo lo que hace falta imponer a nuestros legisladores. (El Universal)

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