Un Partido Revolucionario Institucional que a principios de ano era mencionado con posibilidades para ganar las elecciones federales del 2 de julio de 2006, y recuperar así la Presidencia de la República, cumplió ayer muy maltrecho y con dificultad el trámite de la elección interna de su candidato, con escasa afluencia de votantes, ánimo alicaído y perspectivas ominosas por la pérdida de credibilidad en el proceso. i para sus adversarios puede ser motivo de regocijo que el partido que mantiene en sus manos todavía la mayor parte del poder público en los estados y municipios, y una presencia superior en el Congreso de la Unión y en las legislaturas locales, esté tan disminuido por las desalmadas pugnas internas, la renuncia de militantes y, sobre todo, la ausencia de una propuesta de gobierno enfocada a las cuestiones centrales de México. Vale senalar que ningún partido colma en realidad las expectativas de la sociedad civil, y que han dejado de lado promesas en su actividad política o en su manejo de la administración pública, deficiencias encubiertas por la reiterada propaganda personal en los medios.
En la misma selección de candidatos presidenciales, que ahora exhibe al PRI en un trámite sin fuerza para imponer su autenticidad, en otros partidos se vieron sin embozo los abusos del dinero y los recursos del poder para imponer a sus favoritos, con diferentes resultados. El PRI conserva la estructura partidista nacional más completa y experimentada de todas, a pesar de las disensiones internas, pero ha descendido rápidamente en la opinión pública por sus propios errores, acciones y omisiones.
Nadie puede afirmar que el PRI vaya a perder las elecciones de 2006, pues en el poco más de medio ano que falta para entonces, muchos factores pueden alterar los resultados en cualquier sentido. Pero sí es urgente que los militantes de un partido tan significativo en la vida nacional respondan al reclamo ciudadano y asuman con seriedad su papel, haciendo una convocatoria que les permita recuperar la confianza y la consideración de los electores. Estamos en la mitad de un proceso de recomposición del poder público que requiere claridad mental en los actores principales del gobierno y en los dirigentes de los partidos, piezas por ahora con demasiado peso y responsabilidad en la afinación del sistema político mexicano, que no acaba de reconfigurarse.
Las rivalidades tribales, los intereses de grupos e individuos, el modesto alcance de sus pretensiones y el manifiesto engano de sus ofertas imposibles de cumplir han exhibido su falta de un verdadero compromiso con la nación. México necesita hoy partidos serios, responsables, maduros, que respondan al marco legal representado por las autoridades de la materia, como el Instituto Federal Electoral y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que ellos mismos contribuyeron a crear, porque hoy este es el punto de referencia para los mexicanos y es obligación de todos participar en su mejora y fortalecimiento.
Mal que bien, cumplido el trámite de seleccionar a su candidato presidencial, ahora el PRI está ante el reto de enderezar su camino. La sociedad lo agradecerá, porque independientemente de simpatías, sin duda que a nadie conviene seguir por la ruta que se ha visto últimamente, la de los escándalos, porque danan a todo el sistema de partidos y desencadenan la pérdida de confianza en la pretendida democracia. Es posiblemente la última oportunidad del PRI y no la debe desaprovechar. Aunque nada es definitivo. Los partidos favorecidos de ayer, hoy no lo son, pero podrán serlo manana si se afanan en recuperar su sitio.
Aunque las campanas no comienzan formalmente, los candidatos ya están dando vueltas de calentamiento por la República. Tendrán que probar que tienen capacidad para encabezar el gobierno federal. (El Universal).











