Una pared tapizada de fotos, típica de los hogares chiapacorceños, añora la presencia de Esther Noriega, la “tía They”, quien por 30 años resguardó la tradición de los chuntá y rompió con el hito acogiendo a la comunidad LGBTTTIQ en los tradicionales recorridos.
“Tenemos más de 30 años con los chuntá. Todo empezó porque nosotros nos juntábamos con los Jerry’s, el grupo más grande, pero en una ocasión ellos no permitieron que hubieran personas de otro sexo, de tal modo que los empezaron a atacar; se quejaron, y pues a ‘tía They‘, mi esposa, no le gustó y nos tuvimos que separar.
“Al correr de los años se agregó gente y al otro año más gente, al grado que en los últimos dos años que salimos, dijeron que la chuntá más grande es esta, por ordenada y disciplinada”, relata con alegría Javier Alonso Montero Díaz en el ajetreo de los preparativos para la celebración.
En un inicio la pandilla era pequeña, pero la misma disciplina y, sobre todo, el carisma de doña Esther hizo que acudieran más personas, aclarando que vienen señoras, personas mayores de edad y jóvenes.
Don Javier explica que antes de la pandemia acudieron unas 800 personas de Tuxtla, e incluso de otros estados del país a congregarse el día 8 al anuncio de los chuntá.
El problema, describe, es “que en otras pandillas hay muchos viciosos y no llevan bien la tradición, y aquí lo primero que marcaba ella, al momento de salir, era: ‘Por favor, vamos a dar alegría, nada se debe de pasar, todo con medida’. Cuando regresábamos, le dábamos su refresco o café y su tamalito a quien venía, nadie se caía de bolo, por que esa era la condición, festejar de buena manera”.
“Es que se ha cambiado mucho, hay otras casas en donde comienzan a cambiarse y ya están con la caguama, o el pomo, ya cuando salen ya van medio pedos. En la bajada del Corpus ya bajan rodando. Ahí quedan tirados y dan mal aspecto, porque no es la función”, comenta.
Don Javier recalca que ser chuntá es algo muy simple. Es recorrer las calles, visitar las ermitas, dar alegría a la gente, bailar donde están las imágenes, es un recorrido de aproximadamente tres horas.
El origen
“Vamos al son del tambor y pito. Últimamente ya se pone banda, pero eso ya es algo muy nuevo. En los 70, los chuntá solamente llevaban tambor y tocaban dos sones, era el chicoteplante y el zapateado, pero ahorita ya le metieron un montón de cosas, que si el ‘Pájaro Chogüí’, hasta de la Virgen de Guadalupe, y de que es bailable, se baila”, comparte.
“Entre los 60 y 70 éramos un puñito, no pasábamos de los 20 o 30, y era muy raro quienes se vestían de mujer. Eran más disfraces o ropa sucia, rota, vieja, y máscaras de cartón que vendían las coletas. Era muy tradicional que salía una novia con un novio y personajes vestidos de mujer, pero solamente en una máscara.
“Se solían disfrazar de un personaje que salía en la televisión; por ejemplo, si a un avecinado le pasaba algo malo, se hacía una parodia de lo que había pasado y se burlaban.
“En la noche va a ser el rezo, después se va a bailar. Como dice el dicho, es el gusto de nosotros. Pero no se podrá hacer mayor cosa, será algo muy íntimo, pues no queremos que haya muchos por la enfermedad, mínimamente para que se nos quite el cosquilleo de las patas y medio pomo”, concluyó.












