Hoy en México morirán 165 personas, casi una cada 10 minutos, por enfermedades derivadas del hábito de fumar. En este ano, 90 mil adolescentes y ninos se harán adictos al cigarro, cifras para recordar en este Día Mundial contra el Tabaquismo y cada vez que pensemos cómo implementar una mayor corresponsabilidad entre la adicción legal al tabaco y sus consecuencias económicas, médicas y sociales.
A nuestro país le corresponden 60 mil de los 5 millones de fallecimientos anuales, pero el gasto en este rubro mórbido representa 15% del presupuesto de salud pública. Mascado o aspirado, pero sobre todo fumado, el tabaco es uno de los dones que América descubrió al mundo hace medio milenio, con tal poder letal que perjudica no sólo a los 16 millones que aquí en México lo consumen, sino a los otros 36 millones que están cerca de ellos: fumadores pasivos.
Dejar de fumar es fácil. Como lo prueba mucha gente que ha abandonado el vicio muchas veces, pero es tan fácil dejarlo como volver a él. Ya en serio, quienes en ejercicio de su libertad individual contribuyen a las ganancias de más de 200 mil millones de pesos que al ano obtienen las cigarreras, para quemar diariamente más de 15 mil cigarrillos, no tienen en cuenta que las consecuencias de su pasajero placer serán pagadas por los no fumadores, también vía inversión y gasto en un mermado sistema de salud pública y en uno caro de atención privada.
Al principio, fumar fue novedosa costumbre; después, toque de mundana elegancia; posteriormente, reto de flappers, pelonas y jovenzuelos; y hoy, osado avance hacia el panteón. Fumar es un placer... prohibido en transportes, edificios oficiales y, parcialmente, en cafés y restaurantes. Rara vez se ve ya en el cine o en la tele, para evitar el efecto de emulación a alguien: encender el cigarro, inhalar y exhalar llenando la pantalla de humo. En todo caso, a quienes lo hacen se atribuye el hálito de un soberano desdén por su persona y la de los demás. Los impuestos al tabaco son subidos cíclicamente para reducir su consumo, lo cual ocurre sólo por un tiempo. Eventualmente, otros pagan los costos que causan los fumadores empedernidos. Es inevitable pensar que si no podemos contra este vicio comparativamente menor, la lucha contra las drogas duras será más ardua. Cánceres y enfisemas pulmonares conducen a una muerte irremediable. Se requiere una campana permanente de educación, pero mientras ésta alcanza su lejana meta es urgente resolver el problema del financiamiento que estos males causan con mayor eficacia. Parte de los cuantiosos ingresos de las tabacaleras deberían destinarse por la vía fiscal a financiar proyectos de salud pública. Después de todo, ellos primero hacen al enfermo; no estaría mal que después ayudaran a la sociedad a pagar el hospital. En cuanto a la publicidad, habrá que condenar los anuncios destinados a enganchar a menores. Allá los adultos que, en conciencia, respondan a ellos; tendrán que vivir con su hábito. Por lo pronto los otros alejémonos del cigarrillo, por lo menos este día. Y así cada día, como comienzan las grandes tareas. (El Universal)











