Pueblos originarios siguen resistiendo la fragmentación

Pueblos originarios siguen resistiendo la fragmentación

Han pasado 29 años de un esfuerzo institucional por los pueblos indígenas, pero aún hay muchos temas pendientes en relación a las lenguas, la salud, la educación y el reconocimiento de la población como sujeto de derecho colectivo, explicó Roberto Lorenzo Rueda, indígena zoque y jefe de la Unidad de Culturas Populares Indígenas y Urbanas.

“Entonces, hay una forma de poder conmemorar o celebrar, y es desde el respeto y la no violación de los derechos colectivos de los pueblos, pues en la actualidad hay más migración, denuncias por racismo y discriminación.

“Incluso más violencia de derechos lingüísticos y territoriales, entonces gran parte de la pérdida de la lengua, de la desintegración de los pueblos por la movilidad humana, tiene que ver con la violencia sistemática que persiste en los territorios”, señala.

Al ser violentados esos espacios físicos del territorio, hay una fragmentación muy fuerte, explicó el también académico.

Discriminación y racismo

Para Lorenzo Rueda, el discurso del Estado-Nación está desde 1994 como una especie de eslogan donde los hablantes o la población siguen siendo solo receptores, “a quienes se les dice qué hacer”.

Hace bastante falta cambiar las acostumbradas acciones institucionales por ejercicios colectivos de toma de decisiones, de consensos y de diálogo, para erradicar la idea del folclor y de “rescatar” a la población indígena, argumentó.

La idea del “rescate” se basa en una justificación heroica, entonces las poblaciones indígenas se siguen viendo como “los otros” y no como una población que se forma desde la unidad.

Ser indígena

“Por ahí decía Irma Pineda, una mujer indígena de Oaxaca que representó a los pueblos indígenas en la ONU, que el tema indígena tiene dos vertientes: una es que puede funcionar con un tema de empoderamiento o afectación; y la otra de adscribirse.

“Es decir, yo soy indígena porque pertenezco a un población, porque pertenezco a un grupo y porque hay un contexto histórico enorme, que sirve como idea política de asumirse ante el Estado-Nación para tomar espacios”, explicó el indígena zoque.

También reconoció la discriminación y la forma despectiva de decir “indígena”, pues, hasta hace unos años, el “ser indígena” y reconocerse implicaba racismo y negación.

Roberto recordó que entrando “en los 2000” aún no se denominaba [a sí mismo] indígena por toda la carga simbólica y sistemática, discriminación y racismo que vivió; “después del 2010 me asumo como indígena, pero no solo como ente político, sino como reconocimiento a lo que ha pasado en la memoria histórica y colectiva de mi familia y del pueblo, sobre todo”.

Ganar espacios

Ya sea que esté escrita [su lengua] en un libro de texto gratuito o un libro de publicación institucional, independiente o en medios de comunicación, esto significa ganar espacios en la visibilización de la lengua y también de la población, consideró Lorenzo Rueda.

A propósito de la polémica por el contenido de los libros que la SEP repartirá este ciclo escolar 2023-2024 y que, entre muchos temas, se destaca la inclusión de textos traducidos de lenguas originarias, incluso creados por niñez indígena que expresa su sentir en el contexto social.

“En 1921, luego de la creación de la SEP, se dio toda una política de diseño de desaparición de las lenguas, de homogeneizar al país de esas poblaciones indígenas que hablaban o que hablan las lenguas, pero en el 2020 ya fueron reconocidas como lenguas nacionales”, recordó.

Ahora bien, las lenguas siguen desapareciendo y siendo violentadas con el citado diseño de política pública educativa, “eran esos contenidos con ideas teocéntricas muy fuertes, con conocimiento del pasado histórico pero no de los pueblos”.

“No he revisado los contenidos como tal [de los nuevos libros], pero sí hay textos traducidos de lenguas indígenas, de cualquiera de las 68; gana terreno, pues también implica que compañeros y compañeros indígenas han hecho el ejercicio de escribir la lengua y eso es muy importante”.

Si la población logra identificar las lenguas, suma a ese reconocimiento de los pueblos, “que a lo mejor el Estado-Nación no ha hecho o, quizá, ahora lo está haciendo. Es fundamental que la lengua se escriba y se conozca”.

Esme quiere aprender su lengua

Esmeralda Luna es una adolescente de 17 años que estudia la prepa en la cabecera municipal de Oxchuc, pero no sabe hablar tseltal, su lengua materna. Tampoco reconoce esta fecha como el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.

Cuando su familia platica en tseltal, Esme entiende lo que dicen pero se le complica armar las oraciones para expresarse de la misma forma, “pero voy a seguir estudiando en la universidad que hicieron en Oxchuc”.

Está interesada en la carrera de Lengua y Cultura de la nueva oferta educativa en el municipio por parte de la Universidad Intercultural de Chiapas (Unich); “los maestros de la prepa nos hacen ver que es importante seguir conociendo raíces y quiero saber más. Ahí voy a estudiar”, dice emocionada.

Esme, como le gusta que la llamen, trabaja en vacaciones cuidando a un bebé de tres años en Tuxtla Gutiérrez. Su papá solo le permite trabajar con esa familia porque la conoce y confía.

Relata que la cuidan para que logre su sueño de seguir estudiando, pues su padre tiene desconfianza de los “cashlanes” (mestizo-adinerado), por toda la discriminación, racismo y violencias que se ejercen contra ellas y ellos en las grandes ciudades.