"Francisco Valdés * / El Universal. Queda poco, si es que aún hay tiempo, para fijar la plasticidad del momento constituyente al que debiera arribar la democratización de México. Esta tarea ha sido pospuesta desde hace 10 anos cuando se abrió, finalmente, el camino para un salto cualitativo en la estructuración de la política: condiciones de equidad que permitieron, cada vez más creíblemente, la alternancia en todos los puestos del poder.
La conformación, en 2000, de una mayoría relativa en torno de Vicente Fox, con la ventaja adicional de ser el primer presidente en 70 anos proveniente de un partido distinto al hegemónico, permitió vislumbrar lo que entonces denominó ""una nueva arquitectura constitucional"". Nunca se obtuvo. En lugar del nuevo arreglo que se buscaba se instaló en el gobierno un galimatías de banos revolucionarios, y en la oposición, la obstaculización oportunista. El liderazgo del presidente se deslavó y el asunto fue dejado de lado.
Contra lo previsto por los estrategas de la inmovilidad, las elecciones de 2006 descubrieron el talante de un país polarizado que, indudablemente, emergió del efecto acumulado por la desigualdad y la marginación de millones. La consigna que los aglutinó en torno de la candidatura de López Obrador fue elocuente: ""Por un proyecto alternativo de nación"".
La potencia de esta convocatoria sacudió a las instituciones electorales y, dada la insuficiencia de las previsiones constitucionales, indujo un problema de legitimidad de origen del ganador de la elección. Por cuatro décimas se definió el gobierno para los próximos seis anos. En el Congreso se repitió, aunque en un balance distinto, la situación de seis anos antes: no hay mayoría absoluta de ningún partido.
Es evidente que esta situación indica la presencia de dos problemas. Por un lado, desajustes muy serios en la calidad de la gobernanza del sistema político y, por el otro, la desconfianza de gran parte del electorado en la capacidad de ese sistema para ofrecerle alternativas de bienestar.
Cualquiera puede entender la gravedad del caso. Un régimen con serios problemas de viabilidad, aunado a una polarización social que se manifiesta electoralmente, ofrece un inmejorable caldo de cultivo para el choque irreconciliable de proyectos de conducción del país. Aunque la idea de un ""proyecto alternativo de nación"" sea, en mi opinión, ilusoria, la polarización se produjo, y podría llevar a que la parte ganadora imponga su ""proyecto"" a la perdedora. Ese no es un ""proyecto de nación"". Venga de donde venga es un proyecto de facción. El hecho de que la facción sea grande o, incluso, mayoritaria, no le quita lo faccioso.
Como puede verse, no se trata solamente de actitudes, aunque éstas cuentan, sin duda. Lo que va quedando relegado es la voluntad de convergencia en torno de un proyecto de sistema jurídico-político que pueda contenernos a todos, en el mismo proyecto de país, sin que a cada elección presidencial la polarización y el mesianismo se hagan presentes para doblegar a la otra mitad.
No se trata de eliminar las diferencias ideológicas, tampoco de imponer un ""pensamiento único"" venga de donde venga en la geometría política. Lo que importa es hallar un conjunto de principios comunes, que todos por igual exigirían bajo cualquier circunstancia, y mecanismos de funcionamiento del sistema político que lo hagan responder eficazmente ante su cometido principal: gobernar por y para los ciudadanos.
Los derechos y garantías de las personas son la clave fundamental en el primer aspecto. La Constitución debe contener estos principios ordenados y completos. No deben ser negociables, ni depender del arbitrio de los gobernantes. En la actualidad las garantías individuales van por un lado, los del ciudadano por otro y los derechos políticos por otro más. Están dispersos; su redacción es deforme y contrahecha.
El sistema judicial encargado de hacer cumplir estos derechos no está organizado en torno de la gente; está ordenado conforme al poder. Tiene sobre sí la carga autoritaria de más de 70 anos de que sus resortes jalen sobre todo hacia arriba, no hacia abajo.
El buen gobierno empieza por estar sometido a la Constitución a partir de la igualdad jurídica y los derechos de las personas. Y continúa por el camino de operar adecuadamente.
De la infinidad de fallas que distorsionan el funcionamiento del sistema político y de gobierno basta senalar algunas. La mayor parte de los políticos responden a sus partidos, y dentro de ellos a las coaliciones y jerarquías de las que forman parte. La razón es la ausencia de reelección en los cargos de gobierno. Cualquier político en sus cinco sentidos sabe que mientras ocupa el cargo debe tener presente lo que le exigirá su partido o dirigente para ocupar el siguiente puesto. Carece, así, de libertad para ser responsable ante los ciudadanos que lo pueden reelegir o remover. Otra falla es la ausencia de segunda vuelta en la elección del Ejecutivo, que disminuye su legitimidad y capacidad política. No hay algo más autoritario y torpe que estos rasgos de nuestro sistema.
Hace unos días, en el Seminario de Santa Fe, auspiciado por la Universidad Iberoamericana y Banamex, y dirigido brillantemente por Ilán Semo, hablaron Felipe González, ex presidente espanol, y José María Maravall, politólogo y ex ministro de Educación. González pronunció una frase esclarecedora: ""Ser líder es, primero que nada, hacerse cargo de los problemas de los demás"". Maravall: ""Mientras el ingreso promedio de la mayoría sea inferior al ingreso per cápita la democracia será inestable"".
zLlegará la clase política a su cita con la historia?
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- Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
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