"Los drogadictos estadounidenses han sido tradicionalmente justificados por su gobierno en la medida en que responsabilizan a México, con su débil estructura legal e institucional, de todo el problema del narcotráfico. El mantra es que el vendedor, y no el comprador, es el culpable. Ahora el argumento se revierte y los políticos de aquella nación parecen forzados a aceptarlo: las armas que usan los cárteles de la droga provienen de Estados Unidos y la violencia resultante les llama a la puerta.
Hace dos meses la entonces secretaria de Estado del país vecino, Condoleezza Rice, dijo frente a la secretaria de Relaciones Exteriores mexicana, Patricia Espinosa: ""Yo sigo el tráfico de armas en todo el mundo, y nunca he sabido que a los traficantes de armas ilegales les importe mucho la ley. Así es que simplemente no acepto la noción de que el levantamiento de la prohibición (a la venta de armas de alto calibre en tiendas estadounidenses) haya conducido a los traficantes de armas a incrementar sus actividades"". Haberlo dicho antes. Bajo esa lógica, levantemos también la prohibición al tráfico de drogas.
Revelada esta contradicción, ambos países pueden establecer un diálogo más razonable: mientras la demanda de drogas en Estados Unidos genere un mercado lucrativo siempre habrá proveedores en México -con distribuidores en suelo ""americano""- dispuestos a satisfacer ese consumo incluso si eso implica comprar rifles, granadas, bazucas y lanzacohetes. La consecuencia inmediata fue un estallido violento en México, pero que puede reproducirse en al menos 250 ciudades estadounidenses donde los cárteles tienen presencia.
Bajo esta amenaza que se incuba ""en las entranas del monstruo"" voces de alarma más allá de la frontera norte llaman a romper con el dogma de eludir su responsabilidad en el narcotráfico, de diferenciar sus armas de ""nuestras"" drogas.
Joseph Nye y Robert Keohane lo mencionaron hace tres décadas al proponer en las relaciones internacionales el modelo de la interdependencia; es decir, lo que el presidente Felipe Calderón le dijo al recién ungido Barack Obama en la reunión que tuvieron hace unas semanas: ""Si le va mal a México, le va mal a Estados Unidos"".
La respuesta del mandatario estadounidense estuvo tenida de buenos deseos, pero nada más. Por eso resulta alentador que el presidente del subcomité de Asuntos Exteriores para el Hemisferio Occidental, el demócrata por Nueva York Eliot Engel, anunciara la conformación de un grupo de 40 legisladores que demandará a Obama prohibir la venta de armas de asalto que termina en manos de narcotraficantes. Cuando menos parece que un sector de la política de aquel país ya se anima a decir en voz alta lo que otros, como el propio presidente afroestadounidense, dicen en voz baja.
zSabrá el gobierno de México cuál es su papel en este rubro? Hasta hoy las acciones de los gobernantes nacionales no lo muestran. Basta pararse en una de las garitas de la frontera para percatarse de que en la periferia norte no se revisa ninguna cajuela, camión o remolque. Ni la sombra de lo que sucede del otro lado.
La interdependencia entre los dos países, innegable por cuestiones comerciales, de seguridad incluso de consanguineidad, hace ineludible la responsabilidad compartida. ""Nos alientan los esfuerzos"" contra el tráfico de armas, ha dicho el embajador de México, Arturo Sarukhán. Esperemos que la convicción sea también de Hacienda, Cancillería, Gobernación y los gobernadores, todos responsables de la seguridad en América del Norte. (El Universal)
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