Los subsidios que el gobierno otorga pueden ser positivos si son temporales, alientan la producción o el consumo, moderan la inflación o son el único auxilio pronto y eficaz para grupos sociales rezagados. Establecerlos como política clientelar, en cambio, contribuye a perpetuar la pobreza, distorsionar la economía y retrasar el crecimiento.
Resulta poco menos que una insolencia dejar que se extienda la especulación sobre qué hacer con los excedentes petroleros, que rebasan los 200 mil millones de pesos, cuando éstos ya se hicieron literalmente humo pues se usaron para no tener que aumentar el precio de la gasolina que ha subido en todo el mundo.
Las consecuencias inmediatas son impedir que Petróleos Mexicanos obtenga algo del gran capital del que está urgida, desdenar a los estados petroleros necesitados de resarcir los destrozos a la naturaleza que causa la paraestatal, o compensarlos con obras públicas y alentar el uso del automóvil, en contra de la preocupación general por el cambio climático causado por la contaminación.
Nadie duda que los subsidios sean sostenibles, como argumenta el secretario de Hacienda, Agustín Carstens, pues para eso tienen los excedentes. Lo que importa es ver si el beneficio a los poseedores de automóviles afecta el rescate de Pemex o una estrategia de largo vuelo que en primer lugar entienda que hay contingencias globales que debemos enfrentar con sacrificios en el corto plazo para beneficiarnos todos posteriormente.
En el mundo entero el precio de la gasolina sube, como consecuencia del aumento en el precio del barril de crudo. Lo que se hace entonces es ahorrar energía y usar los subsidios únicamente para los sectores más vulnerables siempre y cuando sean usados para eliminar las condiciones que generan pobreza.
Para evitar lo mismo en el futuro será indispensable pagar impuestos todos y no confiar ciegamente en las bondades de las leyes del mercado. (El Universal).











