Reelección contra revocación

Se ha desatado una competencia por la promoción de ciertas figuras constitucionales francamente poco plausibles. La revocación de mandato es una de ellas.

En nuestras latitudes, la revocación es una figura contrahecha y antidemocrática. Es un efecto típico de los reflejos autoritarios de presidencialismos moribundos en democracias precarias. Los partidarios de introducir esta figura en las constituciones de América Latina lo hacen para disponer del poder de convocar a sus clientelas a refrendar su mandato cuando éste es cuestionado por sectores sociales o políticos significativos.

Contra su sentido aparente, la revocación de mandato es un instrumento para echarle montón a los que critican el ejercicio del poder por parte de quienes estando en él son cuestionados por los órganos legítimos del equilibrio político. Y al revés, es un medio para que grupos de presión convoquen a remover a un funcionario electo cuando les conviene.

En democracias inestables que no han conseguido una arquitectura constitucional robusta, propuestas como ésta encuentran eco. Empero, este no es el camino para conseguir el control de los gobernantes y el imperio de los ciudadanos. Por el contrario, es una manera de debilitar los mecanismos de rendición de cuentas mejor probados en las democracias consistentes. Y éstos son solamente dos: las elecciones periódicas con posibilidad de reelegir o expulsar a los representantes populares y el control del poder mediante pesos y contrapesos que incluyan formas parlamentarias y el juicio político. Las primeras inexistentes y el segundo pésimamente disenado en nuestros sistemas.

La reelección fortalece al ciudadano, soberano en la democracia, y al sistema de representación, y quita poder a los grupos especiales, incluida la partidocracia. Un sistema bien hecho de rendición de cuentas (que no tenemos), y que culmine en última instancia en el Poder Judicial, es la mejor vacuna para controlar el poder mal ejercido. La combinación de ambas figuras fortalece al Estado. Por el contrario, la revocación de mandato lo debilita, no da mayor poder al ciudadano, faculta a los poderes más concentrados y a todo tipo de organizaciones oportunistas (incluidos los partidos) para promover la remoción de funcionarios electos a costa del sistema de representación política, que no debe tener otro eje fundamental que el ciudadano convocado en condiciones de igualdad a elecciones periódicas; no para la revocación si no para la renovación de los mandatos.

Por ello y sin lugar a dudas es menos rimbombante pero más efectiva la reelección. Con ella los ciudadanos tienen la posibilidad de continuar un mandato o bien de retirar a quien no hizo honor a sus representados.

Introducir la revocación contribuiría a prolongar el juego político actual, consistente en que tanto más gana quien hace perder a los demás: el juego por el que todos seguimos perdiendo.

[email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM