Francisco Valdés Ugalde * Universal. La oportunidad que se presenta para la reforma del Estado mexicano no es inocente ni casual. Los presidentes del Senado y de la República lo saben muy bien. Lo que está por definirse en lo fundamental es si el sistema político mexicano será sometido a un cambio que lo haga susceptible de representar el pluralismo como fundamento del Estado mexicano o producirá cambios cosméticos en espera de la precipitación de un tercero incómodo en la insignificancia electoral. Una de dos, o declina aún más el PRI o lo hace el PRD. El que menos se desplome ocuparía el lugar de segunda fuerza incontestada. Si esta condición se produjese, entonces el sistema presidencial estampado en la Constitución tendría la viabilidad que ahora no tiene. Con sólo dos partidos principales en disputa sería factible que uno de ellos tuviera la mayoría en las cámaras y en la Presidencia o alternativamente en unas y otra. Se habría llegado así a la forma representativa del sistema estadounidense, que es uno de los motores políticos de nuestro propio diseno constitucional.
Pero este rumbo que algunos desean no es tan sencillo. El diablo está en el detalle. zQuién se encargará del trabajo sucio de desarmar a una de las dos fuerzas políticas en potencial peligro de extinción en el medio plazo? zQuién actuaría para minar aún más la base electoral del PRI? zQuién podría reducir al PRD a la mitad de su capital electoral? Es obvio que dentro de cada partido hay elementos capaces de hacer esta tarea. El senor Madrazo realizó la hazana de convertir a su partido en tercera fuerza electoral. El senor López Obrador llevó al suyo a la segunda posición, pero las fracturas internas parecen encaminarlo a la ruptura y, por qué no, a la pulverización.
El PRI se ha percatado de esta situación con toda claridad y se ha instalado como el partido que puede ser el fiel de la balanza en el Congreso. Tanto el PAN como el PRD lo saben. Mientras los canales de comunicación entre ellos permanezcan ocluidos no hay otra opción que sacar adelante iniciativas en acuerdo con el PRI. Y en este derrotero es el PAN el que lleva la ventaja.
De ahí que no sea improbable que las baterías de ambos partidos se apunten a empujar al PRD en la tarea absurda de su propia destrucción. No pareciera haber en esto ninguna consideración de valor o de especial rechazo ideológico. La cuestión se reduce a un asunto práctico: dividir el pastel entre los dos grandes más viables disminuiría la presión del pluralismo sobre el sistema actual y, en consecuencia, el apremio por transformarlo en un sistema mixto, abandonando la rigidez de su forma actual.
La disyuntiva es crucial. Bajar la presión del pluralismo implica actuar, directa o indirectamente, en contra del pluralismo como tal. Como hemos visto a lo largo de 10 anos, la presencia de más de dos opciones electorales con presencia considerable en la representación política ha conducido a dos tipos de situación bajo el sistema actual. Una es la negociación para alcanzar mayorías en temas aceptables para los tres partidos fuertes. Otra es la parálisis en temas que no son negociables para alguno de ellos. Es decir, cada uno tiene poder de veto bajo ciertas circunstancias en temas de la mayor importancia. Por eso siguen pendientes las reformas laboral, fiscal, energética, electoral y del Estado, que son las de mayor envergadura para la viabilidad del país. En cada una de ellas hay diferencias tan importantes en los planteamientos de cada partido que ha sido imposible su desahogo.
La situación ya es más que preocupante. Sin abordar estas reformas el país no podrá encontrar un camino propio en el entorno económico internacional, con la consiguiente declinación que acarrearía. Pero construir los acuerdos para encontrarlo se puede dar por una de las dos vías antes senaladas. Con un cambio del sistema que canalice apropiadamente los puntos de vista de más de dos partidos o mediante el deterioro de uno de ellos para reducir los dilemas a una situación binaria. La segunda opción es la vía más rápida hacia la restauración.
Es evidente que el camino escogido por el electorado mexicano es el pluralismo, que no debe reprimirse con la imposición de un sistema rígido. Por el contrario, es el sistema el que debe adaptarse a las senales del electorado: zno es acaso el ciudadano el centro de gravedad del sistema democrático? Si la respuesta es positiva no hay duda de que la única postura consecuentemente democrática es encaminarnos, en el marco de la Ley de Reforma del Estado recientemente aprobada, a la transformación del sistema político en un sistema mixto, que supere la inflexibilidad natural del sistema presidencial. Ya se han senalado algunos de los aspectos más importantes: gobierno de gabinete, reelección legislativa y municipal, nuevo federalismo, vigencia del derecho y justicia para todos, partidos obligados contra el contubernio con los medios electrónicos a través de millonarios fondos públicos.
La exposición de motivos de la Ley de Reforma del Estado es contundente. Es difícil encontrar una iniciativa legislativa con las justificaciones que se expresan en esta. La reforma se propone poner al día la relación entre Estado y sociedad. Si este propósito fuese tomado en serio por quienes emprenderán la tarea, el objetivo principal no puede ser otro que una reforma de gran alcance, cuyo centro de gravedad sea fiel al pluralismo de la sociedad y, por consiguiente, llevar al gobierno la expresión proporcional del electorado. El mundo se encamina hacia sistemas de ese corte. No hacerlo en México equivale a traicionar la sangre, el sudor y las lágrimas de esta larga transición. [email protected]
Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.











