Reforma Energética| al fin

"Tal como se esperaba, y a pesar de la presencia del dirigente perredista Andrés Manuel López Obrador y la ocupación de la tribuna del recinto por sus leales, la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión aprobó la propuesta de Reforma Energética por 395 votos a favor y 82 en contra.

Nada nuevo. Pero aun así, significativo en muchos sentidos y mucho más allá que por la evidente división que este tema provocó tanto en el Partido de la Revolución Democrática (PRD) como del Frente Amplio Progresista (FAP).

La reforma, tan limitada o tan audaz como se quiera, fue resultado de una consulta nacional de meses de duración en la que participó todo el que quiso hacerlo. Y si hubo voces por una mayor apertura de la industria energética hubo también una mayoría de opiniones por mantenerla en manos del Estado.

La conclusión del proceso es bienvenida porque, a pesar de voces en desacuerdo y formulaciones de intolerancia, también hubo un consenso por la necesidad de reformar una industria que es clave para el desarrollo nacional, especialmente Pemex, y dotarla tanto de mejores instrumentos legales como financieros.

Para la Cámara Baja, después de todo, la decisión de refrendar los dictámenes del Senado no sólo era algo esperado y augurado, sino que la propia ""toma"" de la tribuna de San Lázaro había sido prevista y descontada: la mayoría de las votaciones del día se realizó ""a ras de piso"" sin que los legisladores leales a López Obrador incidieran mayormente en la decisión.

La reforma -como, sin embargo, se ha hecho notar ya antes- contiene muchas de las propuestas propagadas por López Obrador y su movimiento, aunque ahora parezcan oponerse a ellas. Es justo senalar también que tales exigencias simplemente reflejaron la oposición a algo que nunca estuvo en las propuestas de ley presentadas: la privatización de Pemex.

López Obrador ""aceptó comparecer"" ante la Cámara Baja en companía de algunos seguidores en lo físico y luego de encabezar una marcha con algunos miles de personas -que no fueron admitidas en los terrenos del Legislativo- desde el Zócalo.

Después de ser recibido, afirmó que gracias a su actuación no se había privatizado Pemex e insistió en que se incluyera una frase en la que se aclarase ""que no se entregarán áreas o bloques del territorio nacional para la exploración del petróleo"".

Mantener la soberanía sobre el petróleo significa, según los términos manejados por la oposición, que la iniciativa privada no participará en ductos, refinerías ni exploración en aguas profundas, contrario a lo que sucede en el resto del mundo.

Pero el ánimo patriótico que anima a este recelo sólo es compartido por Nigeria, pues en todos los demás países con petróleo, desde Estados Unidos hasta China, se asumen con normalidad contratos de riesgo, construcción de infraestructura en alianza con empresas y otros esquemas de participación de la iniciativa privada.

De cualquier manera, el acuerdo de las tres principales fuerzas políticas es destacable.

La medida aprobada contiene la posibilidad de que contratistas extranjeros reciban permisos para explorar en áreas del territorio mexicano, sea en tierra o en aguas territoriales. Algo que de hecho se hace ya en Brasil y Cuba, con éxito considerable en el primer caso, con esperanzas alentadoras en el segundo.

El final aparente del proceso de reforma energética deberá permitir iniciar el saneamiento y actualización de Pemex y la industria, aunque ciertamente no faltará quien quiera usarla como cuna de división en un país dividido per se.

Pero al margen de lo económico, tal vez lo más importante de la reforma es que un grupo de políticos ideológica y partisanamente divergentes haya debatido, dialogado y negociado para el bien común. Eso se llama política. (El Universal)

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