México vive con un serio problema de relojes adelantados. Apenas cursa la mitad de este sexenio y los políticos ya trabajan en la manera de hacerse de la Presidencia de la República en 2012. No sería razón para preocupar a la ciudadanía de no ser porque los principales aspirantes siempre son funcionarios en activo.
Está prohibido explícitamente el desvío de recursos públicos con fines electorales; sin embargo, hay una delgada línea entre eso y las giras, las inauguraciones, las obras públicas y otras formas inevitables de promoción de la imagen de un servidor público.
Pero incluso si se controlara esa labor apenas estaríamos ante una parte del problema. La construcción de candidaturas desde las oficinas gubernamentales va más allá de la comunicación dirigida a las masas, implica también la capacidad de congraciarse con los poderes fácticos. De hecho, algunos gobernadores dieron arranque a la carrera presidencial con su activa interlocución frente a grupos religiosos, empresariales, sindicales, entre otros, cuyo apoyo es fundamental para llegar a la primera magistratura. De ahí se desprenden las reformas locales antiaborto, las concesiones legales y privilegios fiscales a empresas de telecomunicación, las dádivas a determinados gremios.
También bajo esa perspectiva se explican los cambios en el gabinete desde donde el Presidente impulsa a sus candidatos. Sería ingenuo pensar lo contrario; ahora bien, øserán suficientes las suposiciones, las sospechas, los indicios, los mensajes cifrados para elaborar reglamentos y sancionesú øEn quién recaería la decisión imparcial de hacerloú
Si el director del ISSSTE, Miguel Ángel Yunes, va a Veracruz para visitar un hospital; si el secretario de Educación, Alonso Lujambio, entrega becas a niños pobres; si el gobernador del estado de México, Enrique Peña Nieto, inaugura carreteras øcómo distinguir entre su promoción personal y su labor públicaú Qué tan difícil de responder será esa pregunta que no existe una sola democracia en el mundo en donde se haya frenado la propaganda desde el gobierno. Basta con ver al presidente de Estados Unidos cada cuatro años promoviendo su propia reelección sin necesidad de esconderse. Lo hizo Lula en Brasil, Ahmadineyad en Irán, la pareja Kirchner en Argentina.
Los propios medios de comunicación somos parte del juego al dar a conocer los pormenores de la subjetiva carrera presidencial adelantada.
Por todo lo anterior, tal vez la clave no está en hallar cómo impedir la siempre elusiva propaganda, sino en dar a los ciudadanos los elementos de juicio para distinguir entre acciones y publicidad. Cuando eso suceda, será premiado el funcionario que hizo su trabajo, y no el que gastó en spots y obras de relumbrón. (El Universal)











