Si bien el enojoso debate sobre el futuro de nuestros recursos petroleros ha tenido la virtud de hacer conciencia sobre su importancia, ha alcanzado extremos de dogmatismo insoportable. Es tiempo ya de reorientar la discusión para sacarla del campo de la política y ubicarla en el de la técnica y la economía.
Por supuesto, la septuagenaria expropiación petrolera es uno de los signos de nuestra identidad y de ninguna forma vamos a renunciar a él.
En un foro petrolero, una tercia de especialistas concluyó que la opción de extraer petróleo en aguas profundas debe ser atendida desde ahora, pero que no es la solución para abatir el declive en la producción que hoy se registra.
Es más, creen que antes conviene más perforar en tierra, donde es más barato. El director general de Pemex, Jesús Reyes Heroles, disiente de esa opinión. La semana pasada dijo que en un yacimiento compartido con Estados Unidos, explotado por ellos y no por nosotros, la desventaja está de nuestro lado. Los estadounidenses exploran pozos en el Golfo de México desde hace 17 anos, y los van a tener en explotación en el 2010.
La preocupación no está en los próximos cinco anos, sino en los siguientes 20.
El enfoque de la reforma energética está en no privatizar la industria y en mantener la rectoría del Estado en materia de hidrocarburos, así como en darle a la empresa paraestatal autonomía de gestión y moderar la carga fiscal, que ahora representa casi 40% de sus utilidades.
El debate está plagado de visiones catastrofistas sobre la inminencia del agotamiento de los recursos petroleros y acerca de siniestros personajes que rondan a la industria para lograr beneficios indebidos.
Es tiempo ya de encuadrar los argumentos en sus justas proporciones y de proponer un proyecto de reforma para discutir sobre planteamientos concretos.
Tan perjudicial es dejar que quienes comparten los yacimientos transfronterizos con nosotros nos ganen la partida, como tomar decisiones equivocadas que tienen repercusiones que no se pueden revertir.
Tarde o temprano comprobaremos que la riqueza petrolera de México no es renovable. O la aprovechamos debidamente o la perdemos irremediablemente.
Hay una altísima responsabilidad en las decisiones que están por ser tomadas, tanto por parte del gobierno federal como del Congreso de la Unión, principalmente, pero en cuya génesis todos deberíamos participar. (El Universal).











