Para salir del subdesarrollo es indispensable implantar el binomio educación-empleo, necesario también para que el individuo ascienda en la escala social.
No tenemos posibilidad de lograrlo si, como revela un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), ahora dirigida por el mexicano José Ángel Gurría Ordónez, escatimamos recursos a la educación. O, para ser precisos, permitimos que el incremento en el gasto educativo vaya a la zaga del crecimiento de la matrícula.
La Panorámica de la Educación 2006, de la OCDE, muestra cómo sólo la cuarta parte de los mexicanos de entre 25 y 34 anos terminaron la preparatoria, lo que nos coloca en el nivel más bajo del grupo de países, y sólo la sexta parte de esa porción demográfica terminó estudios superiores.
El gasto por alumno en México es la tercera y la cuarta parte de lo destinado en los demás países de la OCDE, de primaria a secundaria, y de la mitad en educación universitaria.
El análisis arroja resultados preocupantes en extremo, pues se agregan a otros estudios de organismos internacionales que senalan la pobre calidad de la educación mexicana.
No todo es cuestión de dinero, pero indudablemente el acopio de recursos es fundamental para propiciar el mejoramiento educativo nacional.
México ha hecho grandes inversiones en educación, sobre todo en el lapso 1995-2003, pero el gasto por estudiante es uno de los más bajos de los países analizados.
Sin educación suficiente, los jóvenes ven reducidas sus posibilidades de empleo en el país, y optan por emigrar al extranjero donde los trabajos para mano de obra no calificada están relativamente mejor pagados.
La parte lastimosa de ese hecho es que, si alivia el problema personal, priva al país de recursos humanos que, cuando pueden desarrollarse óptimamente, repercute en un beneficio nacional.
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura ha marcado porcentajes del producto interno bruto que debe destinarse idealmente para esos rubros en cada país. Estamos muy lejos de acercarnos a esos niveles.
Las tareas son difíciles, pero sus objetivos, claros. Debemos aumentar el gasto en educación, pero también debemos mejorar la calidad educativa y encarar las causas de la deserción escolar, aunque la impresión general las ubique en problemas sociales, económicos y familiares.
El nuevo gobierno tiene aquí una materia que demanda toda su atención, pues si no es resuelta va a lastrar penosamente todo el proceso del desarrollo nacional.
Los maestros, que entre nosotros parecen más valiosos en competencias electorales que en resultados académicos, deben recuperar el orgullo del magisterio, tan reconocido socialmente, para asumir con denuedo su responsabilidad en la formación ciudadana, más allá de los intereses del sistema político.
La familia y el sector empresarial también tienen sus grandes deberes en esta cruzada, como promotores convencidos de la necesidad de educar, y como aportadores de recursos para la educación y la cultura, como es tradicional en las mayores democracias del mundo. (El Universal)











