"En una época no tan remota, los ninos franceses repetían en la escuela primaria el famoso dicho del ministro de Enrique IV: ""Tierras de labor y pastizales son las ubres de Francia"". Hasta la fecha Francia sigue siendo una gran potencia agrícola, pero sus agricultores se las vieron negras en el último medio siglo, condenados a modernizarse, castigados por los bancos prestamistas y por los precios bajos del mercado mundial.
De repente todo cambia y la prensa mundial multiplica los encabezados del estilo ""la revancha de la agricultura"", ""la agricultura, riqueza de las naciones"", ""urge la revolución agraria"", y, título más original y menos frecuente ""la muralla de la agricultura familiar"", algo que le hubiera dado gusto a Luis González, autor de Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia, un espléndido libro de historia de México en una nuez, a la vez que un manifiesto a favor de la pequena agroganadería abierta al progreso.
Durante siglos la agricultura fue la preocupación de todos los gobiernos, puesto que de ella dependía no sólo la fortuna del Estado, sino la existencia misma de la población. Todavía en 1921-1922, un Lenin partidario de la industrialización, frenaba a sus colegas bolcheviques con estas palabras: ""Hoy los campesinos se mueren de hambre; manana nosotros en las ciudades nos moriremos de hambre""; por eso adoptó la NEP y permitió un (breve) renacimiento de la agricultura rusa. Con la revolución industrial, el desarrollo acelerado del siglo XX y la urbanización tan masiva como reciente de nuestras sociedades, nos olvidamos del campo y de sus habitantes: con unos pocos agricultores, muchas máquinas y tecnología, sobrarán siempre alimentos y alimentos baratos. Hasta que reventó la reata.
El olvido, para no decir el desprecio al campo, es mundial. zSaben ustedes que 75% de los pobres del mundo viven en zonas rurales y que la agricultura recibe 4% de las inversiones públicas y 4% de la ayuda al desarrollo? Ciertamente el recalentamiento del planeta, el crecimiento de la población, la salida de la pobreza de cientos de millones de hombres en Asia (comen más y mejor), el alza fulgurante del petróleo, sin contar las clásicas especulaciones, contribuyen a la crisis alimenticia actual (la ONU, la FAO nos prometen que durará por lo menos 10 anos), pero el olvido mencionado pesa otro tanto, si no es que más.
Y ahora descubrimos -no todos, basta ver el tiempo que le dedican a parlotear alrededor de Pemex y el cero tiempo que le otorgan a nuestra agricultura- que la agricultura es un sector estratégico, vital, primordial. Las políticas de desarrollo, empezando por la nuestra, se olvidaron alegremente de la agricultura; entre 1992 y 2008 la Unión Europea obligó a sus agricultores a dejar de trabajar 10% de sus tierras de labor; no veía más problema que el de los excedentes y sacrificó el sector agrícola a la industria y a los servicios. ?Lo que se invirtió y se sigue invirtiendo en todo el mundo en el sector turístico, en hoteles y terrenos de golf! México no canta mal las rancheras y está mal preparado a la nueva revolución agrícola que necesitamos, tanto para salvar el medio ambiente como para sustentar nuestra población y su economía. Sin embargo México, como el resto del mundo, debe lograr la revolución agrícola del siglo XXI.
El reto es mayúsculo en un país que por un lado ha olvidado la agricultura tradicional y por el otro se niega a ciertas innovaciones en el campo. Los economistas están de acuerdo: la agricultura tiene, de nuevo, por fin, un porvenir pero aquél pasa tanto por la rehabilitación de cierta y sabia agricultura tradicional como por la adopción de prácticas modernas: la transformación de los productos necesita un acercamiento con la industria, puesto que hoy en día, en México, por falta de infraestructuras, se pierde 20% de las cosechas. Además somos importadores de tanta agrotecnología que es un desastre. Nos faltan las redes de productores, de cooperativas de producción, consumo y venta, falta el apoyo público y privado, falta el dinero que desdenaba el campo. Los transgénicos ofrecen soluciones y grandes países como China, India, Brasil y Argentina los han adoptado, mientras que México y Francia los rechazan absolutamente, con una pasión (y un miedo) más religiosa que científica.
El pleito sobre los OGM, esos organismos genéticamente modificados, no es político como lo pretende cierta izquierda, la lucha contra ellos no es la lucha contra el imperialismo; en las últimas semanas, en Francia, hubo una mayoría en el Parlamento, mayoría compuesta por diputados de derecha y de izquierda, para prohibir los OGM. Anos antes, el gobierno socialista de L. Jospin los había autorizado. En la Espana gobernada por los socialistas, 20% del maíz es ya transgénico. Siete países de la UE han prohibido los cultivos modificados genéticamente, sin que su decisión se pueda atribuir a una preferencia política.
Se trata finalmente de dos filosofías, dos concepciones de la relación entre el hombre y la naturaleza y queda claro que ser de izquierda no implica ser anti-OGM. La primera concepción, la que rechaza lo transgénico, ve la naturaleza como un patrimonio por conservar sin manipulación. La segunda dice que desde la primera ""revolución verde"", la de la prehistoria cuando el hombre ""inventa"" la agricultura y la ganadería, no hemos dejado de manipular la naturaleza. Creo que las dos concepciones son válidas y que necesitamos unirlas en una síntesis. Se necesita una verdadera discusión sobre el tema de la misma manera que en lugar de perder tiempo alrededor de Pemex urge debatir del tema nuclear.
Profesor investigador del CIDE
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