Reviven panteones después de la pandemia

Reviven panteones después de la pandemia

El 1 y 2 de noviembre el panteón deja de simbolizar la muerte, lo fúnebre se reviste de vida y fiesta en el Panteón Municipal de Tuxtla Gutiérrez, donde los capitalinos se reúnen con comida, mariachi y marimba alrededor de las tumbas de sus difuntos para revivirlos y acompañarlos en su camino a la transcendencia.

Hay algunas lágrimas, sollozos y abrazos, los colores violentos de las flores de cempasúchil y de seda predominan en las tumbas adornadas con juncia, fotos y veladoras en una de las celebraciones más arraigadas de la idiosincrasia mexicana: el Día de Muertos.

El tráfico es intenso en las calles aledañas al camposanto, no hay estacionamiento y se pronuncia una peregrinación de flores por todas las calles. La novena Sur se encuentra cerrada en una vía al paso vehicular; a las afueras se ofrecen artículos religiosos, coronas y arreglos florales.

Ambas entradas están enmarcadas por la flor de muerto, el olor del copal se fusiona con el aceite quemado de las papas que se venden al exterior; de fondo, el sonido de la marimba. Elementos de la Policial Municipal y Protección Civil cuidan y realizan el conteo de las personas que ingresan.

Grande afluencia

De acuerdo al Sistema Municipal de Protección Civil de Tuxtla Gutiérrez, en el operativo del Día de Muertos del año pasado, el Panteón Municipal en contexto de pandemia, recibió 40 mil 274 visitantes; en conjunto, los cinco panteones de la capital tuvieron 71 mil 693, cifra que se espera incremente este año.

Se reviven los valores, los recuerdos y el sentido de la vida prehispánica y religiosa, características del sincretismo de nuestros pueblos y la conexión a un mundo desconocido; en la capilla hay misa y el padre replica: “el día de los fieles difuntos nos recuerda simplemente una cosa: nuestra realidad es la mortalidad aunque seamos poco conscientes de ella”.

Cabe mencionar que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró en 2008 esta festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por su importancia y significado en tanto se trata de una expresión tradicional -contemporánea y viviente a un mismo tiempo-, integradora, representativa y comunitaria.

Entre el tumulto de personas que inundan la calzada principal del panteón se advierte el pito y los tambores zoques, que entre la nostalgia y alegría entonan los tradicionales sones frente una capilla de un miembro tradicionalista; mientras una mujer de la tercera edad, hincada, limpia con las flores una tumba.

Por parte de las autoridades, se implementaron unos lavaderos que lucen constantemente abarrotados, a pesar de las varias tomas donde las personas recogen agua para limpiar los sepulcros, el camión de la basura pasea en el pasillo recolectando los desperdicios acumulados en los botes de basura rebalsados.

En los pasillos estrechos hay armonía, unión familiar, tradición y fiesta; hay verbo y rezos, risas y llanto; una familia, sentada a los pies de una tumba, entre carcajadas y comida, desmenuza las flores para adornar una tumba mientras los más pequeños juegan.

Lápidas solemnes y algunas reducidas a escombros; epitafios, rituales y una imperante verbena no representan una ausencia, son la presencia viva de los difuntos que vienen como ánimas a pasar el rato con los vivos. Durante estos días en el Panteón Municipal se sintió la vida, en una ciudad que luce muerta.