En las democracias consolidadas del mundo se da por hecho que los procesos electorales dan el triunfo a quien obtuvo la mayoría comicial y quien pierde lo asume porque se entiende que así es y porque la madurez política así lo indica.
En nuestro sistema democrático, la regla elemental es que quien obtiene la mayoría simple de los votos emitidos gana la elección. Sin embargo, el reto del Instituto Federal Electoral, IFE, es el de imbuir esta convicción en los candidatos a la Presidencia de la República para que el resultado de los comicios del domingo 2 de julio sea aceptado por igual por todos los contendientes.
Para ello contamos con un IFE profesionalizado y con una vasta participación ciudadana en la función electoral, que es cuidada muy de cerca por representantes de los partidos y de los propios candidatos. Habrá observadores nacionales y extranjeros.
El propio IFE tendrá mucho esmero en que todo el proceso electoral esté regido por los principios de transparencia, equidad e imparcialidad, a partir de la existencia de un padrón electoral confiable. La derrota, por supuesto, es parte del ejercicio democrático, y de ninguna manera significa el fin de una carrera política, como frecuentemente lo constatamos en las democracias occidentales en donde los perdedores siguen haciendo política desde sus trincheras ideológicas.
Sin embargo, quizás porque nuestra experiencia con la democracia es incipiente, el Instituto Federal Electoral ha preferido prever las reacciones que puedan darse en los partidos políticos que no resulten favorecidos con los votos.
Claro, cualquier irregularidad significativa que pueda denunciarse fundadamente en los tribunales electorales sería procedente y habrá de ser esclarecida. La preocupación se da por la resistencia a aceptar que el triunfo es del adversario.
Se participa en las elecciones con ánimo de ganar. Pero también se puede perder. Y se debe reconocer dignamente. Cualquier otra actitud pondría en riesgo la legitimidad de todo un proceso electoral y causar conflictos que escaparían a nuestro control, cosa que nadie desea.
Todos los votos son tan válidos y respetables como el nuestro. Los ciudadanos han sido convocados para que expresen su voluntad política votando, y el resultado debe ser universalmente acatado. El día de la votación, los candidatos serán informados paso a paso del desarrollo del proceso, desde la instalación de las casillas, con todos sus incidentes, hasta la afluencia de votantes. Ese mismo día habrá, ya, una idea del resultado, luego de lo cual y oportunamente se darán a conocer los resultados absolutos.
La ley es la referencia obligada para el día de las elecciones. Si la acción se mantiene dentro de los marcos de los ordenamientos legales que nos hemos dado, pasaremos la prueba limpiamente.
La próxima elección no importa solamente por el resultado que arroje, que ya es mucho, sino porque ayudará a asentar la práctica democrática en nuestro país sin la injerencia directa del gobierno en la operación comicial.
Esta vez seguramente no será necesario que el presidente de la República se adelante para reconocer el triunfo de la oposición y felicitar al candidato victorioso, y evitar así objeciones violentas de sus propios correligionarios.
Deberá ser suficiente que la autoridad electoral, como corresponde, anuncie el resultado para que tengamos la certeza de que así es y, todos juntos, por encima de posiciones de partido, trabajemos por lograr una vida mejor y más equitativa para todos (El Universal).











