Salud y educación son dos pilares imprescindibles para el desarrollo adecuado de cualquier país. En el caso de México, ambas categorías siguen teniendo rezagos significativos, los cuales deben ser solucionados con políticas y programas adecuados, como parte de las responsabilidades ineludibles de cualquier gobierno.
Con todo y esto, también merece analizarse la reponsabilidad social que los profesionistas mexicanos tienen en esta tarea que no sólo se debe ver desde el ámbito de lo gubernamental, sino también de la ética responsable de todo el cuerpo social.
Por ejemplo, Xóchitl Gálvez, comisionada para el desarrollo de los pueblos indígenas, revela que un nuevo hospital edificado en Tlapa, Guerrero, una de las comunidades más pobres del país, no puede ser puesto en servicio porque no hay médicos, cirujanos ni pediatras dispuestos a trabajar allí en donde la mortalidad materna es cinco veces superior a la del norte de la República.
Ciertamente hay razones para esta resistencia: la grave inseguridad que prevalece en la zona, la incomodidad, la ausencia de las ventajas y rango de vida que ofrecen las ciudades principales, junto con la supuesta estrechez del horizonte profesional futuro y, naturalmente, los salarios bajos que se ofrecen para hacer vida profesional en estas zonas.
Es aquí donde, en una gesta de alto rango ético y moral, los médicos, graduados en escuelas públicas zy por qué no, también privadas? deben asumir un compromiso moral con la sociedad que les permita labrarse una carrera universitaria y cumplir, al menos temporalmente, con un servicio profesional tan urgente ahí.
No es posible que los médicos y demás profesionales universitarios dejen las aulas para incorporarse de inmediato a una élite, mientras el país que los educó tiene porciones importantes de población carentes de sus servicios.
Por otra parte, pero en el mismo sentido de participación profesional, está el estudio del panorama educativo mundial de 2005, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el cual reconoce que México va en la dirección correcta al destinar mayores recursos para la educación y en su apertura educativa, pero Barry McGaw, director de educación del organismo, apunta que, por el contrario, la calidad de la educación es baja. En primaria y secundaria México invierte cuatro veces menos que los demás países de la OCDE, aunque en bachillerato y universidad la inversión es más generosa.
Si aceptamos estas cifras, México gasta más en educación, pero aún no lo suficiente, por un lado; por el otro, urge un serio replanteamiento de los programas educativos, la capacitación magisterial y los diversos factores que inciden en la educación básica para determinar las razones de esta deficiencia que dana a quienes se aproximan a la educación, a una sociedad cuya expectativa de desarrollo individual y colectivo gira en torno a ésta y dana a un país que no puede construir su futuro con base en una buena educación. Hay que moderar, asimismo, el número de días sin clases, alentar la superación intelectual de los maestros, involucrar a la sociedad en la formación de sus hijos y fomentar los hábitos de lectura y el aprendizaje de idiomas y disciplinas artísticas.
La responsabilidad de la educación tiene que ser cada vez más compartida entre el gobierno, la sociedad y los maestros. Y tanto éstos, en el terreno educativo, como los médicos, en el campo de la salud, son actores clave en la vida de la nación, no sólo por el buen nivel profesional que se les requiere, sino también por la responsabilidad social que deben asumir una vez que se incorporen los muchos Méxicos que somos. (El Universal)











