(Primera de dos partes)Uno de los contingentes que marchó este domingo por las calles de Tuxtla, se distinguió de cualquier otro por varias razones: el número de personas que lo integraba era medio centenar, no cientos ni miles. No lanzaban vítores, ni lucieron trajes multicolores. Muy al contrario: el espíritu que movía a este contingente no eran las habilidades del cuerpo físico.
Vinieron de los cuatro puntos cardinales al valle simbólico, confluyeron como afluentes sonoros, los tambores y carrizos hablaron códigos antiguos. Al aliento de las flautas que hendían el aire del sur de la ciudad, le acompañaba el redoble grave y serio de los tambores. El anuncio vibrante de la marcha zoque.
Al paso musical de la marcha se sumaba el fuego, buscando las alturas, estallando como se expande la fe con cada paso, con cada aliento. El sahumerio limpiaba la procesión en paradas ocasionales.
El móvil de estos pasos cuesta arriba, al barrio de San Francisco, era la espiritualidad. Ese ingrediente que a los músicos sacros inspira tanto como obliga. En estos ritmos y músicas el festejo y la algarabía llegan después, la primer parada del viaje acústico zoque es la comunicación con las deidades. La música propicia la comunión de los fieles con los objetos de la fe.
Mucho antes del medio día, el contingente de la fe llegaba finalmente a su destino. Llevados por don Cecilio Hernández, hacedor de músicas, autoridad moral y comunitaria, conocedor de cargos y dignatario de la mayordomía, depositaban en resguardo a la patrona de los músicos: Santa Cecilia.
A partir de ese momento y hasta bien entrada la tarde, daba inicio un diálogo colectivo de tambores y carrizos. Por segundo año consecutivo los músicos zoques se reúnen con el propósito de consolidar el poder de la música como elemento de identidad cultural asociado al culto a Santa Cecilia. Gremio y fe buscando un reducto propio.
Crónica auditiva de la historia, de la identidad y de la fe de la que nos ocuparemos mañana, en una segunda entrega.












