Se acabó

El año llega a su fin. Semana a semana nos hemos esforzado, escritora y lectores, por seguir el pulso a los acontecimientos y a las personas, tratando de entender lo que hay detrás, pretendiendo desmontar los discursos, encontrar sentidos y significados, conectar cosas aparentemente inconexas, explicar en base a ideas, ubicarse dentro de la historia, interpretar a partir de lo que piensan y dicen intelectuales y estudiosos. Si lo hemos logrado no sé, pero el esfuerzo por hacerlo y el debate entre nosotros, lectores y escritora, le ha dado sentido a este quehacer. En una reseña reciente a un libro de ensayos, el comentarista dice que leerlo le permitió sentirse más inteligente. Esto es lo que se logra con el debate.

Miro para atrás y veo lo que no cambia nunca: empezamos y terminamos el año con balaceras y muertos en nuestras calles, junto a nuestras casas y escuelas, siempre acompañados de discursos sobre cómo se está ganando la batalla. Empezamos y terminamos el año con los señores del IFE pidiendo más dinero para luego sentarse durante semanas a discutir si hay que cambiar o no las credenciales que terminan en un cierto número. Transcurrimos el año dándoles medallas de oro y haciéndoles homenajes a los mismos ya muy enmedallados y homenajeados. Lo transcurrimos sin que a nadie le importen los animales maltratados. Seguimos oyendo las críticas de los perdedores a todo lo que se haga y las promesas de los ganadores de todo lo que se va a hacer, los regaños de los empresarios porque no hacen lo que a ellos les conviene y los pleitos y ronquidos de los legisladores que sólo paran a la hora de subirse sus sueldos. Y el tiempo transcurre como siempre, paralizando todo por la ineficiencia, la ineptitud, el incumplimiento, la corrupción, el circo y las decisiones arbitrarias y las demasiadas palabras. Y mientras la derecha callada extiende sus tentáculos.

Hubo también cosas que sí cambiaron. La salchichonería de la esquina cambió de giro porque la clase media ya no compra quesos ni carnes frías, ni pan por aquello del sobrepeso y la salud. La fábrica de ropa de mi amigo cerró porque con el pretexto de la influenza Wal-Mart no le recibió la mercancía que le había encargado ni le pagó la ya entregada. Una ruta de camiones que llevaba añísimos de funcionar, un día simplemente y sin aviso cambió su camino y la señora que vive de limpiar casas no pudo llegar más a su trabajo. En los parques están apareciendo columpios y resbaladillas para los niños. El movimiento social del Sindicato de Electricistas se transformó en una extraña mezcla de radicalismo y religión, de marchas y misas.

Me gustó que el único suplemento cultural decente que queda en el país publique a algunos jóvenes que realmente lo hacen bien. Leerlos da nuevamente fe en la cultura. Y que mis vecinos sigan haciendo fiestones que duran toda la tarde, noche y madrugada, porque se pasan a la crisis por el arco del triunfo. Aunque no me dejan pegar el ojo, me suben el ánimo, porque me doy cuenta de que este país nunca se va a caer gracias a que los mexicanos somos fiesteros y ruidosos y manirrotos por encima de cualquier consideración. Y también que durante el año transcurrido, menos lectores me insultaron y más me escribieron, a mi correo o en el espacio para comentarios del Online. Sigue habiendo quienes nomás no leen con atención o no entienden lo que digo, dicen que dije lo que ni se me hubiera ocurrido o me atribuyen lo que digo que dijeron otros o lo que ellos mismos quisieran que dijera, pero no importa, pues como ya dije, lo que agradezco es la comunicación que le da sentido a mi trabajo.

Y pues sí, se acabó el año, nos hacemos más viejos, el mundo sigue girando, cambia pero también permanece idéntico en muchas cosas. Y mientras tanto, se acerca a pasos agigantados otra elección de presidente de la República y uno sabe desde ya a dónde va a ir a parar todo el dinero que debería usarse en cosas mejores. Duele, pero es la vida entre nosotros y ni para qué llorar.

Sara Sefchovich Ú El Universal