“Que retiemble en su centro la tierra”; un sismo de magnitud 4.7 en Pijijiapan dio paso a la celebración del Grito de Independencia. El festejo es opuesto a lo acostumbrado a causa de la pandemia que trastocado todo.
Lo que hay son cercos de seguridad impenetrables; cientos de elementos de la Policía Estatal, Municipal, Tránsito, Bomberos, Guardia Nacional y Ejército están repartidos en todas las calles aledañas a la plancha del Palacio de Gobierno. A quienes llegan y preguntan, los mandan al parque que está frente al Congreso; ahí algunos se congregan.
“Pues ya vámonos a la casa, aquí no hay nada”, expresa un joven a sus padres a las 21:47 horas, al ver que el acceso y el ambiente es un tanto tenue, tal y como se había advertido porque no hay condiciones sanitarias.
Los niños son quienes hacen la noche a los vendedores que ofrecen chicharrones, elotes, esquites y helados. Los chicleros venden principalmente cigarros a los policías y dulces a los menores de edad.
No falta el vendedor de rosas que se acerca intrépido a las parejas y un señor que vende globos y que se la pasa dando vueltas por todo el parque.
A las 22:10 horas replican las campanadas cacofónicas; las personas siguen yendo y viniendo; mientras los taxistas suben y bajan gente frente al recinto legislativo.
Cinco jóvenes traen en sus mochilas botellas de licor y refrescos, beben discretos pero hacen bulla a la lateral de la Catedral de San Marcos, junto al kiosco “La Selvita”; un miembro de otro grupo de observadores, antes de marcharse, alega “es que así era la cosa, de traer nuestro cartón en las mochilas”.
La gente llega en su mayoría bien vestida, algunos con sombreros o ropa con alguna insignia tricolor o bordados tradicionales; la mayoría concentrándose en la fuente que está frente a la estatua de Fray Bartolomé de Las Casas. Muchas personas no traen cubrebocas.
A las 22:40 horas lo que abunda es la basura, los botes están desbordados y un camión de Veolia pasa dejando su característico aroma. Dos minutos después se escucha a lo lejos una orquesta tocando el popurrí de Guadalajara; la melodía provoca que las personas se acerquen a las vallas, mientras los policías se despliegan rápidamente a lo largo.
“Hace un año me tocó venir y estaba más muerto”, expresa un reportero.
Poco a poco la gente se aburre de escuchar a la banda de guerra; muchos empiezan a sacar sus celulares para ver la transmisión en vivo, llega la hora en la que el gobernador lanza las arengas, las campanas redoblan, pero la hecatombe del grito del pueblo no se hace presente, sólo está el bullicio de quienes esperan el show de los fuegos artificiales.
La pirotecnia clama con todas sus fuerzas, casi diez minutos ininterrumpidos de luces multicolores; los niños gritan de emoción, mientras todos graban desde sus celulares. “Como ningún otro año”, recalca Ester López Hernández, quien lleva varios años como vendedora de elotes asados y hervidos en el parque central y quien destaca que las ventas estuvieron muy bajas, pues esperaban más afluencia.
No hubo música ni conciertos pero sí alegría y orgullo, “en este mes me siento doblemente mexicano, por la independencia y la anexión de Chiapas a México”, exclama Hector Mola. Mientras, todos se retiran.












