Hoy que se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el Sida, los números estadísticos internacionales y nacionales respecto del avance del virus no son alentadores. A pesar de que es una epidemia conocida y divulgada desde hace casi dos décadas, la enfermedad avanza sin que las masivas campanas de concientización emprendidas desde entonces parezcan tener resultados positivos.
A nivel internacional, la UNICEF habla de que cada ano contraen la enfermedad 600 mil ninos en el mundo y que ahora se infectan más las mujeres heterosexuales. Es decir, no se ha avanzado mucho en prevención, ni en educación sexual, que serían los pilares de un cambio mundial de actitud tendiente a revertir el fenómeno. Por el contrario, según datos de la Organización Mundial de la Salud, se ha relajado el uso del condón y el comportamiento sexual ignora al sida como gran enemigo.
Por lo que respecta a México, hay 182 mil personas infectadas con el VIH-sida, la mayoría de las cuales no saben que lo han contraído; y luego, cuando esto ha ocurrido, existen infamantes actitudes de estigma y discriminación hacia los portadores, insertos en una muy mala calidad de los servicios médicos.
Es decir, se mantiene un trato indigno hacia las personas que ya han sido infectadas, que son seropositivos o que ya han manifestado síntomas de la enfermedad. Discriminación social, marginación laboral y maltrato por parte de las instituciones de salud son denominadores comunes. En México, el Instituto Mexicano del Seguro Social y el ISSSTE, son las principales instituciones denunciadas ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos, por ejercer actos de discriminación y mal trato a los enfermos de sida. Algo hay que hacer ahí.
El sólo hecho de contraer la infección es una tragedia y es, por desgracia, para quien se contagia de esta enfermedad, un motivo de quebranto adicional debido a que los tratamientos para mantenerles estables son extremadamente caros. Urge conocer programas de gobierno que solucionen la parte económica de la tragedia.
En México se tienen que conjurar las campanas de grupos que recomiendan silencio sobre facetas diversas de la sexualidad y sus posibles consecuencias. La vida humana debe estar por encima de dogmas, prejuicios o silencios. Urgen campanas de concientización y prevención mucho más agresivas y extensas, de forma tal que consigan modificar los patrones de actividad sexual de los jóvenes y aun de quienes, por ignorancia o atavismos culturales, se consideran ajenos a cualquier posibilidad de contagio.
En el caso de quienes ya se han infectado, es preciso echar a andar mecanismos de apoyo que, además de efectivos, sean humanos. El respeto y la consideración al otro deben ser principios básicos de solidaridad, de apoyo y de búsqueda conjunta de soluciones. Asimismo auxiliar a sus familias es una tarea ineludible.
No vale pensar que la conmemoración de hoy basta para solucionar el problema. Se necesitan medidas enérgicas que, al mismo tiempo que respeten la individualidad y libertad de las personas, sean lo suficientemente persuasivas para hacer que la sexualidad en México se ejerza con la conciencia de que, lo único que en verdad le pertenece al ser humano es su propia vida y que, por lo mismo, hay que cuidarla.
En todo esto, hay una gran responsabilidad individual por lo que se refiere a la nueva cultura de la sexualidad humana, pero es asimismo importante que las autoridades y las instituciones gubernamentales asuman la responsabilidad de prevenir, evitar, cuidar, sanar si fuera posible y dar una mejor calidad de vida a quienes, por desgracia, viven la tragedia de una enfermedad aún irremediable. (El Universal).











