El maestro Robertoni Gómez Morales posa con una montaña de tierra en la mano que evoca al famoso retrato de “El Coronelazo” de David Alfaro Siqueiros; un halo cósmico evoca su pensamiento, “somos tierra, pero no solo tierra, somos estrellas”.
Cuarto Poder visitó al maestro Robertoni; artista chiapaneco con más de 45 años dedicados a la cerámica y las artes plásticas, comparte su trayectoria, inspiraciones y visión del arte como herramienta de expresión cultural, enalteciendo las raíces y denuncia social.
Características
Las facciones de Robertoni son toscas, de mediana estatura, camina con paciencia de un lado a otro; también se pasea de municipio en municipio buscando nuevos materiales y texturas, es un hombre de barro.
Con figuras de arcilla que van desde la sencillez hasta la complejidad estética, su taller es un recuerdo de la infancia y también una línea de tiempo. De familia campesina en la zona maicera de Villaflores, su manos se fundieron desde muy chico con la tierra y con el pasado.
“Mi primer contacto con las artes plásticas y la cultura fue en un terreno de mis ancestros, de mis abuelos y mi papá. Arando la tierra, aparecían figuritas de barro.
Me preguntaba: ¿Quién haría esto? Hoy en día ya no las hacen. Sabía que eran prehispánicas y pensaba que es una gran cultura, porque ahora ya no lo hacen y antes sí lo podían hacer. Ahí se me quedó fijado que eso era maravilloso”.
Estudios
“Después estudié en Oaxaca, secundaria y preparatoria en la Ciudad de México y en la universidad entré a artes plásticas en San Carlos de la UNAM y descubrí la cerámica. Me metí al taller, me encantó, y desde entonces llevo 45 años trabajando la cerámica del barro”.
¿Qué sacrificio representó?
-Vivir del arte es muy complicado, y de joven sufres muchas limitaciones. Ahora en mi madurez ya tengo una trayectoria, es más holgado, pero al inicio es muy difícil.
¿Quiénes fueron sus maestros?
-Luis Nishizawa, gran muralista y pintor, nos enseñaba técnicas de materiales, nos dijo cómo pintaron la Capilla Sixtina o el temple al huevo. Gerda Gruber, escultora; Francisco Moyao; y Adolfo Mexiac, un gran maestro.
¿Con quiénes compartía aula?
-Con Javier Marín, escultor internacionalmente famoso. En mi generación varios viven del arte, pero en Chiapas somos contados con los dedos de una mano.
Aludiendo al Popol Vuh, con hombres de barro que se desmoronan, para nuestra cultura el barro es un material primogénito y legendario.
¿Hay conexión física y espiritual?
-En la escuela plástica les digo a mis alumnos: vamos a trabajar el barro, huélanlo. “¿A qué huele? A tierra mojada”. Y la tierra mojada tiene un leve olor a sangre, la sangre contiene hierro, y el hierro se forma en las supernovas, en las estrellas, ahí se forman los elementos.
Finalmente, nosotros fuimos estrellas, eso es muy mágico. Somos tierra, pero no solo tierra: somos estrella. Es algo cósmico.
¿Qué cualidad encontró en el barro?
-Trabajo con material sustentable de la región. Voy al campo con mi hijo, arrancamos el barro, lo probamos. Cada banco da colores y texturas diferentes, eso da identidad y mi sello.
¿Cuál es la responsabilidad en temas como justicia social?
-Cuando me enteré de la masacre de Acteal en 1997, estaba en Oaxaca, me dio tristeza y coraje; lo publicó La Jornada, ya que no había redes sociales.
Regresé y aposté con un amigo periodista, Arnaldo Cevallos, que el gobernador Luis Ferro se iría y se fue el siete de enero.
Yo hice un mural como memoria histórica, porque el arte fija la memoria. Mi hijo investigó cuantos muertos fueron, mujeres, niños o embarazadas.
¿Cuáles son los obstáculos para vivir del arte en Chiapas?
-Hay poca demanda. Al inicio es difícil; muchos emergentes sobreviven de concursos estatales, no venden obras pero hay grandes artistas. En el concurso reciente me gustó la escultura de escarabajo de madera de Fátima Jiménez, hija de Pedro Jiménez, de Chiapa de Corzo.
¿Cómo le gustaría que el público recuerde su obra?
-Que la visiten, contemplen y analicen por qué se hizo. Que les dé qué pensar, como en las piezas de dolor cantando, también que recuerden que el arte apacigua el alma.












