En el taller cerámico La Pitahaya, en la capital chiapaneca, las invenciones antiguas mezcladas con toques modernos se moldean esmeradamente en barro y se cocinan en hornos especiales para darles una mejor terminación.
En este espacio, la ceramista y menestral, Tania Mandujano, da testimonio de un significativo encuentro entre el barro y la perspicacia; “viviendo en Cintalapa y de formación artística desde niña, teniendo mi primer contacto con la música, posteriormente venimos a Tuxtla para una mejor formación en la escuela de música”.
“Soy técnico en educación musical; pianista de concierto. Además soy docente por casi 23 años y en esta búsqueda me encantaba la fotografía y es bastante interesante como uno deja una cosa por otra y al final de cuentas vas a llegar al punto que más te apasiona”, comenta.
Tania incursionó en diferentes artes, explorando un mundo de disciplinas que la llevaron a lo que hoy emprende: la cerámica y empezar a probar el barro, los diferentes colores y dónde conseguirlo.
Hoy día crea un mosaico inagotable de piezas que se exponen en su taller y en diversos recintos donde también ha presentado muchas de sus obras en la que destacan: ¿Quién recogerá los platos rotos?; “Tejiendo Légamos”, la cual estuvo en el teatro de la ciudad Emilio Rabasa; “Garlos por las abuelas”, exposición presentada en la Casa de las Artes y las Culturas Corazón Borraz, y muchas más.
Con el paso de los años, la gracia se vuelve más inventiva. Las yemas de sus dedos encuentran en la dúctil arcilla una ruta que le otorga un significado más claro de sus obras, de forma gradual somete la flacidez de la pasta a su emporio y comienza la fusión. El barro cobra vida y se encarna entre sus manos.












