El proceso electoral no ha terminado, estamos en la etapa en la que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) analiza y valora, tanto el conteo de votos avalado por el Instituto Federal Electoral, como las impugnaciones presentadas por los partidos políticos al respecto.
La alianza Por el Bien de Todos persevera en su estrategia de movilizar ciudadanos, para respaldar su exigencia de que se vuelvan a contar los votos de cada una de las casillas del país. Por su parte, el Partido Acción Nacional ha reiterado su llamado a no desconocer el proceso electoral del pasado 2 de julio, y rechaza la posibilidad de que se cuente voto por voto, por considerar que las cuentas del IFE están bien hechas y no es necesario llegar a tal extremo.
Ambas posturas van acompanadas de profusos mensajes mediáticos, invitaciones a la población para que respalde sus respectivas posiciones, y de discursos que, con diversos matices, llaman a desconocer al adversario político, a la vez que se le califica duramente.
Vivimos una extensión de lo que fueron las campanas electorales, con sus epítetos, sus insultos, su polarización. Es una lástima que nuestra clase política no haya logrado ir a la par del avance democrático de nuestras instituciones electorales que, como el TEPJF, hoy son el fiel de la balanza de un proceso complejo que debe llegar a buen puerto.
Para ello se requiere de la participación de todos los actores políticos y de un esfuerzo supremo por escuchar y entender al otro, al diferente, al adversario que por momentos se ha vuelto enemigo. No podemos permitirnos que los partidos políticos y sus candidatos se pierdan en una retórica maniquea, donde todo es negro o blanco, donde no hay matices y todos son malos o buenos, todos son tramposos o rectos. La realidad no es así; es tan compleja como el ser humano mismo.
En su condición de líderes sociales, los partidos políticos tienen la responsabilidad de conducir a sus militantes y simpatizantes por los terrenos de la disputa política, pero no del rencor o el enfrentamiento. Es preciso que cada quien defienda su posición política, pero con calma, sin arrebatamientos que amenacen la estabilidad de la nación. Los dirigentes partidistas deben entender que hay dinámicas sociales que pueden aprovechar en su favor, pero que en un momento determinado, dichas fuerzas pueden salirse de control y no obedecer más ley que la inercia del choque que llevan, por más que se les invite, ya muy tarde, al orden.
Son tiempos nuevos, de alta competencia política, con márgenes de diferencia muy estrechos, que antes el país no tenía. Tenemos que acostumbrarnos a nuestra nueva situación y sumarnos al concierto de naciones democráticas en el mundo, que definen a su presidente o primer ministro por unos cuantos votos, sin que ello derive, necesariamente, en el desgarramiento de la nación.
Todos los mexicanos debemos esperar la resolución final del TEPJF con tranquilidad y mesura, sin arrebatos incendiarios o más división política. Por más que hagan los partidos para llamar la atención sobre sus respectivas posiciones, lo prudente es esperar a que funcionen las instituciones modernas que nos hemos dados los mexicanos para elegir a nuestras autoridades. (El Universal)











