Tlatelolco| 40 anos después

Al atardecer del 2 de octubre de 1968, varias decenas de civiles -principalmente estudiantes- y algunos militares murieron en una balacera en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, detonada por una luz de bengala y los disparos de francotiradores apostados en los edificios circundantes.

Durante poco más de dos meses, desde el 26 de julio, una protesta estudiantil por un incidente sofocado con exceso por los granaderos había tenido una dramática escalada significada por demandas crecientemente desorbitadas, torpe manejo político y cerval pánico del gobierno a que se malograran los 20 Juegos Olímpicos anunciados para el 12 de octubre.

El ex presidente Luis Echeverría, entonces secretario de Gobernación, confesó recientemente que creyó que los estudiantes inermes tomarían el fortificado Palacio Nacional y tirarían al presidente Gustavo Díaz Ordaz, a quien todos suponían muy fuerte, casi tiránico.

El episodio estaba llamado a incidir positivamente en el proceso de democratización de México, fastidiado de un régimen unipartidista apenas mitigado por el cambio sexenal del jefe de gobierno en lugar de la alternancia violenta.

En Checoslovaquia, la primavera de Praga por un socialismo con rostro humano había sido cancelada por una invasión de tanques soviéticos.

Así como el mayo del 68 en París, por exigencias de mayor educación universitaria y mejores condiciones para los trabajadores, aceleró los movimientos ecologista, feminista, indigenista y de liberación sexual, Tlatelolco y el siguiente periodo de guerrillerismo, inspirado en la Revolución Cubana, influyeron en la apertura del sistema político mexicano hasta donde ahora nos encontramos.

Más allá de la crónica, de la referencia romántica de la dolorosa matanza y del usufructo político del condenable suceso, Tlatelolco abonó la tierra para el cambio y la reorientación del rumbo nacional.

Junto con nuestro pensamiento por todos quienes allí murieron y la decisión de no buscar nunca más la solución de nuestros problemas con las bayonetas, el mejor homenaje que podemos hacer al episodio del 2 de octubre es comprometernos en la construcción de un México más justo y digno para todos, en la paz y la cooperación para alcanzar las metas personales y los objetivos comunes. (El Universal)