"Jean Meyer * El Universal. Los dos primeros días de noviembre, año tras año, mezclan de hermosa manera tradiciones populares y elaboraciones eclesiales muy antiguas, la fiesta de todos los santos y el día de muertos. Para los cristianos de vieja cepa, o forjados a la antigua, en el buen sentido de la palabra, los que viven en Cristo e intentan vivir según Cristo, no hay dudas en cuanto a la vida eterna. Recuerdo ese admirable ranchero de Michoacán, cristero indomable, reconocido en su grado por el general Cárdenas, quien le encargó mantener el orden en buena parte de la sierra de Coalcomán. Por cierto, ¡cuánta falta nos hace ese tipo de gente para combatir a los criminales! Lo recuerdo porque cuando murió el general Cárdenas, don Ezequiel -así se llamaba nuestro cristero- hizo un largo viaje para pasar la noche rezando al lado del féretro del ilustre don Lázaro. Tan seguro era en su fe, en su esperanza de la vida eterna, que cuando le tocó su turno, cuando se acercó la muerte, me dijo, levantando la mano hacia el cielo: ""Allá nos vemos, les preparo un lugar"".
Los cristianos orientales dicen que el difunto ""nació al cielo"", que la muerte es el tercer nacimiento, el primero siendo el parto de la madre y el segundo el bautizo en Cristo. Al católico Gustave Thibon, en su ""Confesión de un anciano"", le cuesta trabajo entender la comparación cristiana de la muerte con un nacimiento. El niño al nacer está maduro por la vida, pero, dice G.T., ""el moribundo no está listo para la muerte. La vida es una serie de abortos y escasos son los nacimientos. Morimos todos antes de llegar a término, es decir, antes de ser maduros para la eternidad. Por eso creo en esa incubadora que se llama el Purgatorio"".
La muerte, hoy en día, es una experiencia tan relegada a lo privado que se diría que nadie muere; cuando mucho ""nos vamos, nos fuimos"". La cultura del luto ha cambiado de manera radical, desde la manera de tratar al cadáver. Hasta hace unos años, la cremación era algo impensable para los cristianos, porque a la aurora del cristianismo, esa práctica pertenecía al paganismo. Hoy católicos y protestantes la adoptaron muy tranquilamente, pero debo confesar que me agrada la costumbre musulmana del cuerpo envuelto en una sábana y enterrado en la tierra bruta. Además los nazis profanaron de manera abominable la cremación. Pero el cambio más importante va más allá del entierro o de la cremación: la cultura del luto ha sufrido una verdadera revolución que ha hecho de la muerte un tabú.
Recuerdo cómo en mi infancia, ya lejana, las bodas y los entierros reunían a la gente de la misma manera, de modo que el entierro tomaba una sorprendente apariencia festiva. Los rituales evitaban la sorpresa absoluta, el escándalo chocante de la muerte. Me contaba mi abuela que a la hora de la muerte, cerraban los postigos de la recámara, paraban los relojes, cubrían con un manto los espejos. La muerte no era un tabú, no lo es en Rumania y en muchos países ortodoxos que conservan una práctica que recuerdo haber visto en la Alta Provenza: entierros con la cara descubierta; el ataúd seguía abierto hasta la tumba y el amansamiento de la muerte se lograba con la ayuda de rituales religiosos, agua bendita y boj bendito, el cirio prendido de la Candelaria, el crucifijo o el rosario entre los dedos del muerto. La velada funeraria, con café, alimentos, y aguardiente, afirmaba la continuidad en el más allá. En Rumania, frente a la tumba, el sacerdote toma una copita de aguardiente, luego hay una para el muerto y la botella circula entre los vivos.
Tales costumbres se mantienen en ciertos sectores de nuestra sociedad, pero la sociedad ""moderna"" nuestra sigue el nuevo modelo occidental que encierra la muerte en un cajón para no verla, según lo profetizaron en los años 1950-1960 algunos historiadores franceses, en particular Michel Vovelle con su Historia de la muerte. Además de haberse vuelto un negocio para los tanatorios, la muerte ha engendrado una serie de profesiones para ayudarnos a afrontar la pérdida de ""nuestros seres queridos"". El luto ha desaparecido: vestir de negro poco o mucho tiempo, lucir un modesto moño negro, como antaño lo hicieron mis compañeros de escuela, son recuerdos del pasado. Hoy se trata de hacer como si nada hubiese pasado, de liquidar cuanto antes el dolor como si nada... para fortuna de los sicólogos, sicoterapeutas y sicoanalistas. Toda una literatura de manuales ha florecido y se vende muy bien.
La muerte es trágica, qué duda cabe, pero su paradoja es que injerta en nuestra vida el sentimiento de urgencia y de pasión por la vida misma. La fiesta cristiana de los santos y de los muertos es un signo de humanidad porque nos enseña a asumir el reto de nuestra mortalidad.
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