Transforman alfareras su indumentaria

La investigación señala que las alfareras enfrentan discriminación cuando venden sus piezas. Cortesía
La investigación señala que las alfareras enfrentan discriminación cuando venden sus piezas. Cortesía

Las mujeres alfareras del grupo Jluchtik Wayuchintik en Amatenango del Valle, han modificado su vestimenta tradicional, no por pérdida cultural, sino por autocuidado y comodidad durante el horneado de la arcilla.

Así lo concluye una investigación doctoral publicada en la revista Entre Diversidades, de la Facultad de Ciencias Humanas para el Desarrollo Intercultural Sostenible de la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach).

El estudio realizado por Nancy Beatriz Antonio Miguel, mediante etnografía feminista con 12 alfareras, documenta que cinco de ellas conservan el traje tradicional y el resto adoptó prendas modernas o foráneas.

Confección

La blusa tradicional o koral chilil se confecciona con tela blanca e hilos de seda de colores, y su elaboración toma entre uno y dos meses. Las franjas anaranjadas indican la edad de quien la bordó.

La falda tradicional, un lienzo azul con líneas blancas sostenido por una faja, cubre de la cintura a los tobillos.

En contraste, la vestimenta moderna de blusas bordadas a mano con diseños florales y faldas plisadas de nylon permite a las mujeres elegir colores, telas y diseños, además de reducir el calor corporal durante las horas que pasan junto al fuego para hornear sus piezas.

El textil de la cabeza o mujch’il es la única prenda que todas usan sin importar el atuendo, pues evita dolores de cabeza tras el horneado y protege del calor. El mandil, por su parte, resguarda la ropa y guarda herramientas de trabajo. Las jóvenes también adoptan blusas de Zinacantán o Aguacatenango, por su frescura.

Discriminación

La investigación señala que las alfareras enfrentan discriminación cuando venden sus piezas fuera del municipio, aunque portan su traje con orgullo.

El estudio concluye que esta transición no representa una pérdida cultural, sino una reivindicación del cuerpo como primer territorio y una manifestación de autonomía femenina.

Las mujeres mayores conservan el traje original como memoria cultural, mientras las jóvenes priorizan el cuidado de su salud sobre los patrones heredados. El texto advierte que la globalización y el mercado artesanal presionan las prácticas textiles, pero también abren espacios de resistencia y resignificación.