Inquieta que un acuerdo del Instituto Federal Electoral (IFE), que tiene carácter obligatorio, sea poco atendido por algunos de los actores políticos, que han interpretado a su manera un punto de acuerdo que no tiene vuelta de hoja: la tregua de fin de ano en las campanas político-electorales. Por ejemplo, desde el 11 de diciembre pasado, día en que comenzara formalmente la suspensión de proselitismo, el candidato del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República, Felipe Calderón, ha asistido, cuando menos en dos ocasiones, a reuniones que no son del ámbito privado, sino que forman parte de una estrategia de presentación personal como candidato ante sectores como el artístico o el de empresarios extranjeros. Esto es lamentable.
Ignorar al IFE no es, de ninguna manera, una buena senal. Es el árbitro al que manana los propios partidos, incluido Acción Nacional, le pedirán una rigurosa rectitud y apego irrestricto a la ley, por lo que hoy no puede ser obedecido de manera discrecional.
El espíritu de la tregua navidena se funda en la necesidad que existe en la sociedad de entrar a un momento de reflexión luego de un lar-go periodo en el que los partidos políticos y sus candidatos han expre-sado de forma, más que abundante, sus ideas, perspectivas, proyectos y soluciones en búsqueda del triunfo electoral.
La pausa parece oportuna, una vez que los principales partidos políticos ya han decidido quién será su candidato a la Presidencia de la República, así como las alianzas con las que competirán rumbo al 2 de julio de 2006. Es tiempo valioso, entonces, para que los partidos redisenen estrategias, afinen motores, definan equipos de trabajo y preparen con mesura lo que habrá de ser, ahora sí, la parte fuerte de sus respectivas campanas.
La tregua convocada por el IFE hace alusión explícita a la prohibición a partidos y candidatos de realizar spots y anuncios propagandísticos. Asimismo, aun cuando no aborda de lleno las limitaciones que tendría el propio Presidente de la República durante este espacio de tiempo, es de esperar del primer mandatario una posición de mesura que refuerce el exhorto del Instituto Electoral y no incurra en la menor posibilidad de ambigüedad a la hora de pronunciarse políticamente.
Aun cuando quedaran vagos los alcances del exhorto del IFE, la tregua es muy clara en su objetivo general: que los candidatos no se promocionen, para rebajar la tensión social en torno de la política.
La tregua es saludable y buena. Es la necesaria calma que precede a la tormenta de declaraciones, giras, anuncios, desplegados, discursos y actos -masivos y privados-, con los que los candidatos pretenderán convencer a la ciudadanía de las bondades de sus respectivos proyectos de nación, durante el primer semestre del ano que entra.
Además, es una forma indirecta de ahorros en inversión publicita-ria, en tiempos en los que se pretende ganar la elección con base en el marketing. Los onerosos gastos de campana no gustan a una ciudadanía que tiene grandes carencias y que ve cómo los polí-ticos dilapidan recursos públicos para ganarse adeptos. Es un tiempo, también, de ahorro.
Todos, tanto candidatos, como partidos y grupos o actores políticos, deben cumplir el acuerdo. Es su obligación y es su responsabilidad.
Cumplir la tregua es respetar acuerdos y es, al mismo tiempo, exigir responsabilidades para quien la viole. Sin duda que es una propuesta sensata y que vale la pena respetarla. Nadie saldrá perjudicado ni en puntos porcentuales de preferencias ni en índice de popularidad, ni sufrirá danos en su imagen. Por el contrario, con el cumplimiento exacto de la tregua, todos saldremos fortalecidos. (El Universal).











