En la biósfera de Montes Azules llovió en la madrugada, y al amanecer, los niños y mujeres tseltales caminan de un lado a otro, con sus pies desnudos entre las charcas y el lodo. Aquí no llegan médicos, enfermeros y tampoco medicinas, por lo que a los enfermos hay que sacarlos a cuesta en una jornada de 12 horas hacia el poblado más cercano, para luego recorrer en auto, seis horas más hacia la cabecera municipal de Ocosingo.
Solo fue hasta hace tres meses que los tseltales acortaron el tiempo de camino hacia San Quintín, ya que a principios del 2014, debían caminar dos días y dormir en la selva, para encontrar ayuda médica para los enfermos, algunos de ellos que fallecieron como el hijo de Quirino Gómez Hernández, y la tía de Antonio Álvarez Cruz, que al llegar al hospital más próximo era demasiado tarde.
“A nuestros enfermos se nos han muerto en el camino; eso es lo más triste”, rememora Álvarez Cruz, uno de los dirigentes de este lugar, que a más de dos décadas de la fundación del lugar, casi nada ha cambiado, excepto que ahora se redujo a un día la jornada para llegar al pueblo más cercano.
En la casa ejidal, los representantes de la comunidad, aseguran que durante varios años han solicitado médicos, enfermeras, equipo y medicinas, pero ninguna autoridad parece oírlos. Solo a principios del 2013, un médico trabajó unos meses, pero hace un año que no lo han vuelto a ver.
Son los promotores y auxiliares de salud, los encargados de atender a una población de 700 habitantes, la mayoría niños, muchos de ellos que al inicio de la temporada de calor o lluvias, enferman de diarrea, presenta afectaciones de las vías respiratorias y de la piel, pero no puede hacer mucho, ya que la medicina que han recibido de la Jurisdicción Sanitaria número IX, con sede en Ocosingo, ha caducado.
Afortunadamente hasta esta comunidad, no ha llegado la chikungunya, pero de presentarse algunos casos, en los estantes de la clínica, no hay ni una sola medicina.
Hace más de 20 años, los tseltales se abrieron paso entre la selva Lacandona a punta de machete, para asentarse en este lugar que llamaron Candelaria. Venían del ejido Rosario Pacaya, del municipio de Ocosingo. Para esos años, otros tseltales y tsotsiles fundaron los nuevos centros de población: Salvador Allende, San Gregorio, Pichucalco, Corozal, Guanal y Plan Guadalupe.
Solo hace unos meses atrás cesaron los intentos de desalojo por parte del Gobierno federal, aunque de vez en cuando se registran sobrevuelo de helicópteros, “para intimidarnos”, dice Benito Hernández González.
Desde hace 20 años, los tsotsiles y tseltales han vivido aislados, con la entrada de suministros cada mes, pero el principal problema que tienen es sacar a las mujeres embarazadas y enfermos, que deben ser trasladados con un mecapal, por un camino lodoso hasta Amador Hernández, puerta de entrada a la reserva y de ahí proseguir a San Quintín, a un día más de camino.
Dos años después del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), viajar de San Quintín a la cabecera municipal de Ocosingo, representaba otro día de camino, en una vía donde los camiones quedaban varados en los lodazales.
A dos décadas de la fundación de Candelaria, los tseltales deben sacar de la selva en bestias o a cuestas a las mujeres con embarazos complicados, a hombres heridos o con mordedura de víboras venenosa, como la nauyaca.
La vía aérea, es la más corta, un viaje que representa solo una hora de vuelo, hasta los hospitales de la mujer y el regional de Comitán, a cargo de la Jurisdicción Sanitaria número III, que a principios de los años 80 atendió a miles de refugiados guatemaltecos que llegaron con enfermedades varias, después de huir el Ejército por meses en la selva del Petén y El Quiché.












