Un metro para vivir y dormir

"Abenamar Sánchez * CP. Lejana se oyó la voz. Era dona Pascuala. Era ella quien había hablado, porque las otras mujeres no'más miraban, allí junto al umbral de la puerta, asomadas en montón como si así le dieran más valor a su companera.

-El agua se lo llevó -dijo otra vez. Hablaba de la comodidad perdida.

Esta vez se oyó con más claridad. Las palabras de hace rato eran cansinas como si el viento seco las hubiera traído dando tumbos por la canada y por los verdes valles hasta trepar la colina.

La comunidad El Aguacero, la nueva, la fundada hace tres anos con los damnificados que vieron bajo el agua su patrimonio cuando la tormenta tropical ""Larry"", se levanta sobre una colina a unos cincuenta kilómetros al poniente sur de la capital, en el municipio de Ocozocoautla de Espinosa.

Tiene un promedio de 300 habitantes, todos indígenas tzotziles, distribuidos en cincuenta familias. Tiene unas cincuenta casas bicolores de cinco por tres metros y con techo a un agua. Cien o doscientos metros antes de llegar al acceso principal, desde una breve cumbre, da la impresión de un mundo maravilla.

Pero El Aguacero es un desencanto. Sus calles y casitas desmoronan poco a poco, conforme unos las recorre, esa bella impresión visual con la que se llega. Un adulto atraviesa a dos o tres pasos cualquiera de las casas.

Cuenta dona Pascuala Díaz que cada integrante de su familia dispone de un poco más de un metro para vivir y dormir en la pequena casita. Son doce personas. La comodidad quedó allá en la parte baja, en el valle, donde el viejo pueblo El Aguacero que se inundó por completo hace unos anos: cada que llueve las corrientes que bajan de cerros se convierten en una laguna que tarda días o semanas en filtrar por un pequeno sumidero. Es la única salida.

Pascuala y familia tenían una casa con cinco compartimentos. Ésta ahora es ruina. Uno puede recorrer el valle y empujar las puertas de las ruinas, en caso de que todavía tengan. La voz cansina y temerosa de dona Pascuala hubiera sonado a voz de ultratumba en cualquiera de esas casas abandonadas.

El valle es un panteón de recuerdos. Manuel Hernández relata que cuando la inundación dejaron maíz y frijoles tirados, alimentos básicos en esta comunidad, y salieron corriendo hacia la parte alta. Mientras llovía levantaron pequenas carpas con plásticos en el monte. Hubo un joven que resistió hambre y frío en uno de los campanarios del templo católico que también fue alcanzado por el agua. Ahora todos resisten la incomodidad. Unos han encontrado una alternativa en anexar galeras. Cada familia se las arregla como puede. Desde que el gobierno les entregó las casitas, construidas con el Fondo Nacional de Desastres Naturales (Fonden), nunca más se volvió a parar en El Aguacero.

Manuel Hernández, padre de siete hijos, quien en dos ocasiones ha viajado de ilegal a Estados Unidos, recuerda que hubo promesas de proyectos de borregos y gallinas a crédito. Nada. Sólo las pequenas casas, donde se hacinan numerosas familias, en esta fresca tierra arenosa. Faltan más oportunidades, dice la joven Martina Hernández Díaz, quien no ha podido continuar sus estudios de secundaria. Ella se pone a hacer las cuentas. El Aguacero, donde se llega por un desvío unos kilómetros adelante de Ocozocoautla a Cintalapa, tiene preescolar y primaria. Tiene diez estudiantes que estudian la secundaria, fuera. Éstos caminan, pues casi no entra carro, unos tres kilómetros de carretera de terracería para salir a la ruta federal.

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