En todo momento estamos de acuerdo en que la libertad de expresión es el principio rector de todas las libertades. Bien. Pero también sabemos que las libertades tienen sus límites en la libertad del otro o de los otros, es decir, cuando no se afectan sus derechos constitucionales.
Por tanto, creemos que deben existir formas más acordes con la propuesta nacional de vincular circunstancias con democracia. De ahí que creamos que es tiempo de que quienes participan en cierres de calles y avenidas del país -y en particular del DF- debieran reflexionar sobre éste, su derecho, y el derecho de una ciudad en donde habita una multiplicidad de puntos de vista, a veces no acorde con la manera como se hacen estos reclamos.
Si bien los bloqueos de ayer no fueron en la cantidad y número que oficialmente se habían anunciado la víspera (se dijo que ocurrirían 16, pero fueron 10, de los cuales siete eran de rango menor), lo cierto es que sí alcanzaron a violentar la vida cotidiana de muchos capitalinos y, peor aún, anadieron un ingrediente de tensión y violencia latente, a una urbe que a todos sus problemas agrega el nerviosismo generado por estas movilizaciones.
Es importante, pues, hacer un llamado a la prudencia de quienes han hecho de la toma de calles, manifestaciones y mítines públicos una forma de lucha cuya efectividad puede ser contraproducente para sus participantes, pues además de que menoscaba la libertad de millones de personas, genera en éstos molestia o indignación. Estos últimos también tienen derecho de tránsito, necesidades y urgencias que los obligan a trasladarse con normalidad y hacer su vida diaria sin la incertidumbre de que un problema generado en otra entidad de la República va a limitar su accionar, su trabajo o su vida en general.
Si un grupo de la sociedad considera que la vía legal no es suficiente para la resolución de sus demandas y ejerce la fuerza con el objetivo de paralizar a la ciudad como forma para que las autoridades les pongan atención, resulta injusto.
También es cierto que las autoridades generan este nerviosismo cuando dan a conocer datos de los cuales aún no tienen la certeza, como fue el caso de los focos de conflicto vial que anunció anteayer y que, finalmente, fueron muchos menos, con lo que demuestra que su información no está verificada.
Naturalmente, insistimos en que esta no es la vía para abrirse paso a la justicia. Tampoco lo es que las autoridades intimiden a una ciudad.
Poner en la cabeza de la ciudadanía la pistola amenazante del caos, en tiempos particularmente sensibles por el proceso electoral que está en marcha, también se presta a suspicacias sobre el origen y propósitos de la información oficial y, por otra parte, de los bloqueos.
A contrapelo de quienes no creen en la validez de las urnas como forma ideal y única para dirigir los destinos de México en democracia, hay millones de mexicanos que sí ponen toda su esperanza en que sólo los comicios son el camino para la transformación o el avance político y económico de la nación.
Nos ha costado un gran esfuerzo subir un escalón más hacia la democracia. Sería lamentable retroceder en estos momentos. (El Universal)











