Una jornada de dona Aurora

"Abenamar Sánchez * CP. Esto me lo ha dejado el trabajo -dice dona Aurora, como si con eso pretendiera cerrar la plática.

Pero el fin no llega. La joven que la inquirió sobre esa mancha en la mano, se muestra más interesada.

-Es la goma de algunas verduras -prosigue mientras con la mano derecha se rasca la costra que lleva en la izquierda.

Para mejor visibilidad de su interlocutora, la mujer de 66 anos extiende bien la rugosa mano: una costra verde amarilla se extiende en la palma, reseca como un campo desierto.

En verdad, dona Aurora Velasco Megchún lleva grabados sus anos de trabajo en las manos. El propio tiempo los ha cincelado.

-Llevo anos de trabajo.

La edad toma forma en las arrugas que le cortan cara, nariz, cuello y frente, en el cansancio de sus miradas y en lo blanco y cenizo de sus cabellos, pero es cuando extiende la mano izquierda que uno se da cuenta que en ella lleva trazados los incontables días y noches de trabajo.

A las dos de la tarde de este miércoles dona Aurora -vestida de blusa azul, falda de estampas y un delantal a cuadros- todavía tiene varias bolsitas de verduras picadas: chayote, zanahoria, ejote, calabacita...

También vende bolas de tamarindo con azúcar, listas para preparar el refresco.

-Antes vendía chicharrones y tamales, pero ahora esto es lo que vendo-, senala la mercancía que descansa sobre unos botes de plástico.

Instalada en la esquina de la Sexta Sur y Primera Poniente de la capital, pegada a una tienda de juguetes, dona Aurora empezó con esto de las ventas hace un promedio de 30 anos, cuando se quedó sola con sus dos hijas.

-Mi esposo se fue con otra... con otra.

El esposo, era talabartero. Un día, cuenta ella, a dona Aurora se le ocurrió darle hospedaje a una mujer en su casa, pero cuando aquella se fue, no lo hizo sola.

-Se fue con mi esposo, y me quedé con las dos ninas.

Desde esa vez, dona Aurora ha pasado más días y horas en las calles buscando la manera de salir adelante con las vendimias. Ahora, sus hijas ya están casadas y ella vive sola, aunque en la misma vecindad.

-Pero no me siento sola -ataja.

Dice tener, de vez en cuando, la companía de un nieto de 20 anos, Josué.

Pero ni aquí se siente sola. En esta esquina, dice, todas las mujeres nos ayudamos para salir adelante. Cuando salgo a hacer unas compritas, mis companeras me ayudan a vender las verduras y cuando alguna de ellas sale, me quedo yo despachando.

-Son mis amigas. Hay días que no me quiero ir a casa.

-zSe siente sola en su casa?

-No. Es que si estoy en mi casa, tampoco quiero salir, ja, ja, ja.

Una jornada de dona Aurora equivale a dejar la cama antes de las cinco de la manana para limpiar y picar las verduras, ir a rezar a las seis y estar a las nueve en las calles con las verduras. Descansa a las seis o siete de la tarde. Este día, soleado, tuvo que agregar otra actividad a la jornada. Acudió a la Presidencia Municipal para responder un citatorio correspondiente a sanidad animal (se le quiebra la mirada cuando habla de este asunto).

Dice que los vecinos la han denunciado por tener varios perritos en la casa. Pero los animales, arguye, están ahí para cuidar algunos animalitos que tengo y la casa. ""No sé por qué lo hacen, pues yo veo que ellos ahí tienen sus perros en las calles.""

-Pero usted conoce sus derechos.

-Casi no.

No sabe si hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer. Pero dice saber, por la televisión, sobre feminicidios y el asesinato de ""viejitas"", según sus palabras, en un estado del país. Aprovecha para pedir a las autoridades correspondientes sean más responsables en sus funciones. Pero mientras ella habla del respeto a las mujeres, un hombre, ya viejo de edad, para rozando el trasero de una joven que está ahí cerca. Dona Aurora aprovecha el incidente para contar una anécdota.

-Hace poco pasó una joven, y un hombre, ya viejo, se le iban los ojos.

Y para concluir, dice:

-Soy feliz: tengo trabajo y amistad.

"