"El presidente Felipe Calderón hizo un llamado a la unidad para enfrentar a la delincuencia, luego de que desconocidos pero muy probablemente miembros del crimen organizado asesinaran a siete personas y lesionaran a decenas más al hacer estallar dos granadas durante la celebración del Grito de Independencia en Morelia.
""En nombre de la República demando en esta hora crítica la unidad"", indicó Calderón en un discurso inesperado, poco antes de que iniciara el desfile militar tradicional.
Calderón ciertamente no es un gran orador, pero por eso mismo sus palabras fueron más claras: no se trata de abandonar posiciones políticas ni la lucha democrática, pero sí de unirse y trabajar por el país, sobre todo por la derrota de grupos criminales que, como dicen algunos, pudieron haber tenido su origen en la pobreza pero que ahora rebasan con mucho esa simple motivación.
Calderón aludió como ejemplo de nuestros problemas a la desunión que facilitó la derrota mexicana en la guerra contra Estados Unidos en 1847. En aquel entonces las tropas conservadoras no ayudaron a las liberales, ni las liberales a las conservadoras, aun cuando ambos bandos luchaban contra un enemigo común y mucho mayor. Tal vez la derrota era inevitable, pero zjustificaba eso que algunos gobernadores se abstuvieran de cooperar so pretexto de su desacuerdo con los ocupantes del gobierno central?
No muchos anos después, al inicio de la intervención francesa, el general Jesús González Ortega sostuvo repetidamente que el mandato de Benito Juárez había terminado y era necesario que él, como presidente de la Suprema Corte de Justicia y vicepresidente de la nación, asumiera el máximo puesto.
González Ortega consideraba, además, que podría llegar más fácilmente a un arreglo con los franceses. Nadie duda de su heroísmo ni de su valía, pero si su posición era tal vez legalista en ese momento la historia dio la razón a Juárez.
La etapa revolucionaria, en especial luego de los asesinatos de Francisco I. Madero en 1911 y de Venustiano Carranza en 1920, fue a su vez una sucesión de guerras civiles, asonadas y rebeliones, que sólo terminó cuando los jefes políticos de las diversas regiones fueron unificados por Plutarco Elías Calles en lo que después fue el Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Pero si la solución fue positiva, debió darse a costa de reconocer cacicazgos y poderes fácticos en un pacto que al cabo de los anos permitió paz y desarrollo económico, sí, pero acabó por distorsionar a tal grado la política y sus prácticas que el país no ha logrado superar esa era.
Hoy, la nación enfrenta el doble reto de la desunión y de una delincuencia organizada que en muchas regiones se ha convertido ya en un poder de hecho, y en otras, como en Michoacán, parece listo a desafiar al gobierno a base de acciones de terrorismo puro y del todo vil.
Dicen algunos filósofos que la gente feliz no tiene historia. Si eso es cierto, México es un país infeliz: su historia es pródiga en ejemplos de lo que ocurre cuando el país está desunido y cuando los líderes políticos de turno creen que su propia ambición representa los intereses de la patria mejor que los del otro grupo y no vacilan en descalificar a los demás en función de sus propias creencias.
No tenemos razones para dudar del patriotismo de ninguno de los dirigentes que hoy encabezan los diversos grupos políticos del país, pero hoy tienen que elevarse a nuevas alturas.
El presidente Calderón hizo un llamado a la unidad nacional para superar divergencias y enfrentar como país a un enemigo común que amenaza a izquierda y derecha, pobres y ricos, jóvenes y viejos.
Hay que atender el mensaje de Calderón. Un México sin la amenaza del crimen organizado es un buen lugar para discutir nuestras diferencias y trabajar por una mejor y más profunda democracia. (El Universal)
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