La Universidad Nacional Autónoma de México acaba de designar a cuatro nuevos investigadores eméritos reconocidos por sus aportaciones en el estudio del sueno y del mal de Parkinson, las modificaciones genéticas y el desarrollo biotecnológico, la conservación de la flora mexicana y la revaloración de los modismos propios del espanol que hablamos en México.
Los científicos así distinguidos son los doctores René Drucker Colín, coordinador de Investigación Científica de la UNAM; Francisco Bolívar Zapata, ganador también del Premio Príncipe de Asturias; el ex rector José Sarukhán Kermez y el presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, José Moreno de Alba.
Simultáneamente, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, concedió el premio del Sultán Qabus al agrónomo mexicano Ernesto Enkerlin-Hoeflich, presidente de la Comisión Nacional de Zonas Naturales Protegidas, por su labor en la preservación del medio ambiente. Enkerlin ha conseguido que 15 reservas naturales de México sean parte de la Red Mundial de Reservas de la Biosfera. Ambos acontecimientos parecen premeditadamente concertados para llamarnos la atención, no sobre la importancia de la ciencia, en lo que hay una abrumadora aunque no unánime coincidencia, sino sobre el insuficiente apoyo que su desarrollo recibe en México.
Ciertamente, para los gobernantes puede resultar muy poco atractivo invertir en una materia que, seguramente, no va a rendir de inmediato frutos propios para el regodeo y el lucimiento sexenal. Pero para quienes tienen altura de estadistas es claro que la inversión y el estímulo en el desarrollo científico contribuirán decididamente en un desarrollo consistente, sostenido y autónomo del país entero.
Más que en ninguna otra época, hoy es evidente que la ciencia y la tecnología han sido el instrumento de la expansión de los países más poderosos y ricos del mundo. El gobierno tiene en este campo una gran responsabilidad, como obligado promotor directo del estudio y de la investigación científicos y como propulsor de las entidades públicas y privadas que pueden hacerlo.
La UNAM y otras instituciones educativas han dado muestra de su potencial de investigación y asesoría en programas de aplicación oficial en beneficio del progreso nacional. Pero los encargos recibidos han sido hasta ahora simbólicos.
El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), que ha tenido momentos estelares, está constrenido ahora por un presupuesto raquítico que además ha sido recortado y que está muy lejos de los porcentajes de producto interno bruto aconsejado por la UNESCO.
Muchos científicos bregan aquí en medio de penurias, en tanto que otros prefieren cruzar la frontera hacia los países del norte para cumplir con su vocación. El senor Mario Molina Pasquel, educado en la UNAM, ganó el Premio Nobel de Química por sus logros científicos en Estados Unidos, y ha sido generoso con sus aportaciones para abatir los índices de contaminación en México.
En un mundo impresionantemente globalizado cada vez son mayores los riesgos de la dependencia. El desarrollo científico puede darnos la oportunidad de ser menos dependientes, o quizás interdependientes, para que la integración globalizadora sea positiva, o al menos mutuamente conveniente. (El Universal)











