El planeta se encuentra en una fase en que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha llamado “bancarrota hídrica”, que refiere a que extraemos más agua de la que la tierra puede reponer. Este desequilibrio impacta ríos, lagos y acuíferos, y comienza a reflejarse en la producción agrícola.
Aunque el agua cubre cerca del 70 % de la superficie del planeta, solo 2.5 % es agua dulce y menos del uno por ciento está disponible para consumo humano, agricultura e industria, mientras que la demanda crece impulsada por el aumento poblacional, la urbanización y los efectos del cambio climático.
Alimentos
De acuerdo con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt), alrededor del 70 % del agua dulce disponible se destina a la producción de alimentos, pero cuando este recurso disminuye, el impacto no se limita al campo.
La escasez de agua en zonas agrícolas puede traducirse en menores rendimientos, reducción de superficies sembradas o cambios productivos; factores que inciden en mercados más volátiles, cadenas de suministro tensionadas y en la disponibilidad y el precio de los alimentos.
Señala que en México ya se están modificando las condiciones para producir alimentos. La sobreexplotación de acuíferos, la variabilidad climática, el aumento de temperaturas y la disminución de lluvias han comenzado a limitar la disponibilidad del recurso en distintas regiones.
El Cimmyt impulsa la adopción de cultivos alternativos como el sorgo, frijol gandul o el girasol, que son más resilientes y capaces de adaptarse a condiciones más secas y variables, particularmente en zonas áridas y semiáridas.












