Abenamar Sánchez * CP. Son diez y comparten una misma suerte. Eso deja entender, con su voz quebrada y un aire de melancolía, dona Elia, cuando habla de sus nietecitos.
Don Enrique, el abuelo, dice que su cuerpo ya no le responde como para sacar adelante a los pequenines que no han podido ir a la escuela, por más que viven a unos pasos de un jardín de ninos y a una cuadra de la primaria.
Mientras los abuelos hablan de la situación de la familia, la pequena Asunción se detiene risuena a unos pasos, casi a media calle de tierra reseca, cuando ve que el fotógrafo Juan Carlos dispara dos o tres veces la cámara.
-Nunca ha ido a la escuela.
Asunción es uno de siete hermanos y parte de los diez nietos que conviven con los abuelos Elvia Pérez y Enrique Espinosa en esta colonia, la San José, del pueblo de Berriozábal, a ocho kilómetros de Tuxtla Gutiérrez, la capital.
La San José es una colonia tan cerca de la capital, pero tan lejos del desarrollo. Y en las palabras de don Enrique, un hombre viejo minado por la diabetes: Berriozábal es un pueblo bonito, pero abandonado.
Así es aquí, completa dona Elia y llama al nieto Fredy para mostrar que en San José la situación es difícil, y más para los ninos que al parecer no tienen otra opción que acarrear agua o hacerse hombres como peones prematuramente.
Fredy, un jovencito de catorce anos y de piel curtida, acude al llamado: franquea el portón de lámina vieja y adolorido se coloca junto a su abuela: lleva un brazo en cabestrillo improvisado y maltrecho.
-Se quedó en casa, porque se cayó de la bicicleta cuando regresaba del trabajo.
Apenas termina de hablar, dona Elvia alarga una mano y resbala un poco la venda que cubre el hombro de Fredy: aparece un brazo con largas heridas.
Fredy es el hombre de la casa, ahora. Eso lo dan a entender dona Elvia y don Enrique. Es el mayor de los nietos. No fue a la escuela y la misma suerte están corriendo los más pequenos, como la nina Asunción.
En vez de lápiz, cuadernos o libros, la pequena Asunción, una nina de ocho anos, todos los días carga cinco o seis viajes de agua para la casa.
-Es que no tenemos dinero para ir a la escuela -responde con ternura, cuando se la inquiere sobre el caso.
-Y tampoco hay becas para ellos -dice la abuela Elvia.
-Yo quisiera que fueran a la escuela -se lamenta el abuelo.
Pero por el momento, aparte del relato de esta familia, en este lugar no se escuchan más que los chillidos de los otros pequenos que sí están en la escuela o en el cercano Jardín de Ninos La Corregidora. La nina Asunción baja la vista y por un buen rato la fija en la reseca tierra de la calle como si entre el polvo estuviera buscando alguna lejana esperanza.
El abuelo, don Enrique, pierde una mirada triste en el horizonte. La abuela, dona Elvia, recuerda que ya están grandecitos y platica que, aunque ella todavía no puede obtener siquiera un apoyo para las personas de la tercera edad, don Enrique sí lo necesita: está enfermo.
-Pero es difícil obtenerlo -contesta el hombre, resignado, y luego dice por qué.
San José, al norte de Berriozábal, es un lugar abandonado. Aquí, es un lugar donde se escasea el agua y la tierra es seca, seca. La economía, cuenta don Enrique, se basa en la mano de obra barata, y por eso no alcanza para más.
Entre una que otra casa construida con los trazos de modernidad, están aquellas que se han levantado con lo que se puede. La de don Enrique es una vieja construcción, levantada cuando por aquí todavía era un rancho. Luego vino más gente, pero nunca el desarrollo.











