"Francisco Valdés Ugalde * El Universal. En Venezuela triunfó el No al referendo que Hugo Chávez pedía para su proyecto de reforma constitucional. Este proyecto mezclaba varias cosas en un mismo paquete, la más sobresaliente de todas era la reelección indefinida del presidente y la extensión del periodo de su mandato. Pero también contenía una serie de medidas como la constitucionalización de varias formas de propiedad: privada, social y comunal; la reducción de la jornada laboral y otras. De no haber sido presentadas en el mismo paquete, es probable que algunas de las medidas secundarias hubiesen sido aceptadas. Todo indica que el rechazo de la iniciativa por parte de una mayoría que obtuvo el No apretadamente fue una negativa a la perpetuación en el poder de Chávez. Típica situación en la que un proyecto político se identifica con un individuo y su supuesto carisma. Aparte de ello, como lo han mostrado varios observadores, Chávez fue circunscrito por factores de poder internos y por la opinión internacional para impedir que desconociera el resultado del plebiscito.
Esta tentación, siempre presente en una situación de esta naturaleza, y fácilmente derivable del talante del coronel Chávez, habría sido justificada por un gran número de sus seguidores que creen en la legitimidad de la toma del poder por medios no democráticos.
Más allá de la coyuntura venezolana, la realidad de países que han emprendido reformas de gran envergadura como Bolivia y Ecuador, la división política y territorial de Colombia, el avance de gobiernos de corte socialdemócrata o socialista en varias naciones latinoamericanas (República Dominicana, Perú, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Nicaragua, Guatemala, entre otras), ponen de relieve una vez más la significación de la relación entre democracia y socialismo.
Si se asume una postura de ""izquierda"" qué democracia y qué socialismo son preguntas ineludibles. La dificultad del tema no reside sólo en su actualidad, sino en lo escabroso del problema conceptual. Empecemos por la segunda: zqué socialismo?
El fin del socialismo realmente existente culminado en 1989 con la caída del Muro de Berlín puso de manifiesto la imposibilidad de la economía centralmente planificada.
Pero un sector de la llamada ""izquierda"" no cree que así haya sido. Se culpa a Gorbachov y a su grupo de haber desmontado un sistema que, aunque requería reformas políticas y económicas, era supuestamente sostenible y sustentable. Todas las miradas serias a la experiencia soviética demuestran lo contrario. Entre más se sabe lo que pasó cuando el Partido Comunista ascendió al poder con Lenin a la cabeza y Stalin como sucesor, más nos enteramos de que no solamente fueron dictadores, sino que el sistema que erigieron fue tan salvaje o más que el del propio Hitler.
También sabemos que esto fue posible por el control absoluto del poder por el dictador, por la conformación de una burocracia que se convirtió en clase dominante, por el control de la economía centralizada y piramidal por parte del Estado, y por la separación radical entre los ciudadanos y el ejercicio del poder político. Esto fue y es el socialismo realmente existente. Entre las ensenanzas que dejó a la humanidad esta funesta experiencia está una de gran importancia: la sociedad no puede organizar una economía que no sea, en lo fundamental, descentralizada o, si se quiere, multicéntrica. Todas las formas de concentración excesiva de actividades o riquezas conducen al monopolio, sea privado o estatal. De ahí que en la discusión sobre la organización económica moderna se haya vuelto central el tema de las instituciones, pues son las instituciones las que conducen el desarrollo de la economía y no al revés. Un ejemplo principal: los derechos de propiedad.
Contra lo que pudiera pensarse, la postulación de un sistema de derechos de propiedad bien disenado no es una defensa de la propiedad privada de los medios de producción fundamentales de la vida social. Por el contrario, los derechos de propiedad son también los derechos del trabajador, del inventor, del inversionista. Se trata incluso de la propiedad que una persona tiene sobre los elementos materiales fundamentales de su entorno tales como su vivienda o su canasta de consumo esencial. Aunque a muchos parezca un despropósito, se trata de una extensión de los derechos liberales a todas las personas.
Al igual que los derechos de ciudadanía que se originan en el reclamo de un número cada vez mayor de grupos y estratos sociales para participar en la conformación del poder político, los derechos de propiedad no son solamente los derechos de los capitalistas, sino el derecho de cada uno a tener propiedad. Resulta entonces que la ""economía socialista"" es simplemente una quimera y que la única economía sostenible es la economía descentralizada, y la única deseable es aquella que propicia la distribución generalizada de derechos de propiedad. Además, esta distribución exige que no existan monopolios y que prevalezca el derecho público a ejercer un control sobre los medios fundamentales de vida. Un ejemplo palmario lo brindan claramente los gigantes de la industria farmacéutica, cuyo control de medicamentos para aliviar enfermedades básicas choca con el derecho de millones a una vida digna. Una forma de propiedad como esta es ilegítima.
En cuanto a cuál democracia, el tema es igualmente complejo, pero puede decirse por lo pronto que para atender los problemas sociales no hay un sistema político mejor que la democracia, fundada en el derecho al sufragio y a la intervención de cada ciudadano sobre los asuntos públicos. Todo cierre de este fundamento es un retroceso hacia la intolerancia, hacia la disminución de la libertad y al aumento de la desigualdad.
Por eso, en países como los nuestros la mejor alternativa es la democracia con regímenes políticos mixtos, que son vacuna contra líderes iluminados y vehículo de participación en el poder para los excluidos.
* Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM [email protected]
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