Según el INEGI, en México mueren 30 mujeres al día por causas violentas; en el mundo, cada 18 segundos una mujer es maltratada, afirma la ministra espanola de Sanidad, Elena Salgado, en vísperas del Día Internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer, que hoy viernes es celebrado. Al ejercer la violencia contra la mujer esposa, hija o hermana los hombres abusan de su mayor fuerza y de los residuos de una vieja cultura que inculcan al género femenino tolerancia, paciencia y sometimiento a la brutalidad masculina, sin ninguna razón y contra toda idea de igualdad y de dignidad. La violencia de género no se ejercería contra las mujeres si los hombres las consideraran iguales. Preocupa, asimismo, que ningún país y ningún grupo estén a salvo de ese fenómeno.
Resulta estremecedor, además, descubrir que hasta 80% de las mujeres maltratadas, encuestadas por la Organización Mundial de la Salud, consideran que esa violencia es justificada. Pero la violencia tiene formas más sutiles. La prohibición de estudiar o trabajar, las reclamaciones por la manera de disponer del dinero, las amenazas con reducir o suprimir el gasto o el despojo, son formas de violencia económica que en México constituyen el segundo tipo de agresión de que son víctimas las mujeres por su cónyuge o pareja y ninguna ley la tiene tipificada. Es decir, esta forma de violencia se puede ejercer impunemente. La violencia emocional, la represión, la crueldad mental, las presiones indebidas, disminuyen notablemente la autoestima de la mujer y aumenta su condición de sometimiento. Otra forma de violencia es la sexual, el establecimiento de una relación íntima que esclaviza a la pareja, la degrada, la humilla y que, incluso, puede llegar a contagiarle enfermedades graves, como el sida.
Junto a mujeres que han logrado una realización personal plena como esposas y trabajadoras, profesionales o creadoras, hay legiones que son avasalladas por una presunta y enfermiza superioridad masculina. La autoridad, por supuesto, debe actuar enérgicamente en contra de quienes, en lugar de prodigar respeto, exigen subordinación absoluta, irracional; anulan las ricas posibilidades de desarrollo de la personalidad femenina, aprisionan a sus companeras y pretenden mantenerlas siempre un paso atrás para no sentir el menor riesgo en su seguridad. Pero son las propias mujeres, mediante la educación, la lectura, el conocimiento y la idea misma de su importancia como género en un entorno que poco a poco han ido transformando, como pueden tomar plena conciencia de todos los derechos que les son propios, que nadie debe conculcarles, que en ningún momento deberán ser sustraídos en nombre de una condición de género arcaica y grosera.
Porque es la mujer, en unión con el hombre, la que habrá de transformar una situación que rebasa todo sentido de justicia y que merece la atención puntual de todos, pero en particular de las autoridades, quienes tienen ahí una tarea pendiente y en la que no debe intervenir ningún prejuicio de género ni limitante que impida el cumplimiento de la ley para quien cometa violencia en contra de una mujer, que es la violencia en contra de todas.
La complejidad de este problema, que no tiene fronteras, requiere de acciones efectivas para prevenir la violencia de género. Junto a ello se requieren más hombres conscientes de que ejercer violencia contra la mujer es practicar un delito extremo que debe ser castigado con todo rigor por la ley y eso es responsabilidad del gobierno. (El Universal).











