El anonimato es la mejor garantía de que los pueblos perdidos de nuestra frontera sur sigan siendo santuario de la anarquía, el desorden y el paraíso del contrabando. Eso debe acabar en bien no sólo de la prosperidad de la región, sino de la seguridad nacional y de la contención de la criminalidad.
Una serie de reportajes de El Universal han puesto en el centro de atención lo que pasa en poblados como Frontera Colosal, en Chiapas, o La Unión, cerca de Chetumal, y menos conocido aún, San Francisco Botes, en Belice, poblados de los que difícilmente tenemos noticias regulares y cuyos nombres no nos suenan familiares. No obstante, ahí todos los días se vulnera la soberanía nacional, se trafica con gente, los cárteles de la droga se mueven como si nada y los pobladores están habituados a ver pasar armas, drogas, centroamericanos en busca del sueno americano y delincuentes tatuados hasta la cabeza, como parte de una difícil cotidianidad a la que ya se han acostumbrado.
No son zonas de producción agrícola ni de prósperas maquilas, menos aún de proyectos empresariales en ciernes. Son, por el contrario, el rostro más atrasado de nuestro descuido como nación, la frontera olvidada.
El pasado 14 de diciembre el presidente Felipe Calderón puso en marcha un programa de reordenamiento de la frontera sur del país, que incluía la creación de unidades mixtas de operación, para resguardar la seguridad, la modificación de las formas migratorias para regular los cruces fronterizos y un programa temporal de trabajo para ciudadanos guatemaltecos que viven en México. Se sabe que el próximo 22 de marzo será presentado dicho plan, ya redactado en forma; pero por lo pronto los problemas, vicios y dificultades de la región continúan incólumes, según han podido constatar nuestros enviados.
Como nación, siempre hemos puesto el grito en el cielo sobre el trato inhumano a nuestros compatriotas que buscan cruzar la frontera con Estados Unidos. Sin embargo, poco hacemos por lo que pasa en el sur, cuando muchas veces nuestras policías son más sanguinarias que la Migra estadounidense para tratar a quienes provienen, sin documentos, del cinturón continental.
Haber perdido en esa zona el control migratorio y aduanal es inaceptable. Hay que meter orden, sí, pero con firmeza, no con violencia ni atentando contra los derechos humanos de quienes viven ahí o de quienes pretenden cruzar la franja que divide a nuestro país de los vecinos.
A los policías hay que acompanarlos de agentes aduanales y de proyectos productivos, de acciones que generen círculos virtuosos de empleo, salarios y bienestar.
Se necesitarán recursos públicos, estatales y federales para ordenar la parte normativa y de seguridad, pero también se requerirán inversionistas y programas que no lleguen a subsidiar o al asistencialismo, sino a crear empresas.
Así como una familia no olvida ninguno de sus hijos, así tampoco nosotros podemos dejar que se nos sigan olvidando esos pueblos que hasta ayer no nos sonaban familiares, pero que hoy estamos en condiciones de recuperar para México. (El Universal)











