"La dimisión de Paul Wolfowitz a su cargo de presidente del Banco Mundial (BM) no sólo es el fin de un escándalo financiero mezclado con faldas, sino la cosecha del fanatismo y la arrogancia con la que se condujo el gobierno de George W. Bush y que bien haría el próximo habitante de la Casa Blanca en revertir, porque Estados Unidos es demasiado importante en el mundo para conducirse irresponsablemente.
Wolfowitz fue uno de los ""halcones de la guerra"". Desde su anterior puesto, como subsecretario de Defensa, perteneció al grupo que aprovechó los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos para atacar Irak. Las justificaciones mudaron de la persecución de Al-Qaeda y la posesión de armas de destrucción masiva hasta el uso de ese país como ejemplo para imponer los valores de libertad y la democracia en Medio Oriente. Al final el asunto se redujo a un fanatismo contra otro y un impúdico caso de negocios.
La guerra de Bush hijo es ejemplo de jugosos contratos que benefician a socios o ex socios de prominentes miembros de la elite republicana, a la que él y el vicepresidente Dick Cheney pertenecen.
Afganistán, en donde hubo y hay acompanamiento internacional con base en el precepto avalado en el derecho de legítima defensa, e Irak, en donde la coalición fue menor y cada día Estados Unidos queda más solo, se perciben como los motivos por los que muchos países y políticos esperan pasarle facturas a Bush y a su equipo.
El halcón caído es la primera víctima de una institución en la que a los que despectivamente llamó ""la vieja Europa"" se unieron para echarlo.
Wolfowitz fue colocado por Bush al frente del Banco Mundial en marzo de 2005, y desde el principio su figura y su retórica crearon anticuerpos en la institución encargada, desde los acuerdos de Breton Woods de reducir la pobreza en el mundo mediante préstamos de bajo interés y otros apoyos a naciones en desarrollo.
El personaje en cuestión, con su bagaje ideológico, se dio el lujo de restregarle a países como México su enorme brecha económica: una vergüenza, dijo, que los mexicanos toleraran la convivencia de 50 millones de pobres y un multimillonario de la lista de Forbes. La realidad nacional no es para enorgullecerse, ciertamente, pero tampoco estamos para recibir reganos de un país cuya propia desigualdad económica también deja mucho que desear.
Al final, Wolfowitz cae víctima no sólo de la arrogancia consustancial en su grupo, sino de la misma corrupción que presumía se conjuraría en el mundo de adoptarse los valores estadounidenses.
Favoreció a su companera sentimental a niveles que ningún consejo de administración en el mundo, en cualquier país en vías de desarrollo, habría aceptado. Un reflejo de la desmesura de su poder lo hizo sentirse intocable.
Washington necesita oxigenarse para que instituciones como el Banco Mundial y la propia Presidencia estadounidense sigan su camino libre de fanáticos de doble moral, con ansias de dominar al mundo cuando no son capaces de dominar sus propios instintos guerreros y sentimentales. (El Universal)
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