Con motivo del Día Mundial contra la Corrupción, que hoy es celebrado, Transparencia Internacional hizo un reporte, resultado de 55 mil entrevistas en 69 países que revelan que los latinoamericanos tienen una opinión más severa que el resto del mundo sobre el grado de corrupción de sus instituciones, y en particular de los partidos políticos.
En el caso de México, el nivel de calificación es altísimo, pues en una escala del 1 al 5, donde cinco indica la máxima corrupción, la puntuación obtenida es de 4.7 para partidos políticos y policía.
En nuestro país, cuyos medios de comunicación cotidianamente dan fe de los escándalos de la corrupción, de la ostentación de la riqueza malhabida, del cinismo de las explicaciones y de la inexistencia de acciones efectivas para castigar el hurto y tomar medidas que eviten la repetición del pillaje, que se hace abiertamente, con plena conciencia de a impunidad, la noticia parece estar lejos de sorprender.
Pero que la impresión generalizada sea que una corrupción mayor se da en los partidos políticos, induce a varias reflexiones; la primera, elemental, es: zcómo podría un ciudadano votar para que lo gobierne un partido al que juzga corrupto? Y, si en su opinión, todos lo son, zpor qué votar? Así, abstenerse es lo peor que le podría pasar a una demo-cracia incipiente como la mexicana.
Otro efecto apreciable de la mala opinión pública acerca de sus partidos políticos es el efecto de emulación que sus acciones tienen indudablemente en el ánimo general. Los partidos están ensenando a la gente cómo comportarse, lo quieran o no. zEstamos realmente atrapados en el pantano de la corrupción sin salvación alguna? No lo creemos y, para ello, lo primero es plantear el problema. Inmediatamente después hay que cumplir con la formalidad de convocar a los partidos para que tomen conciencia de su responsabilidad y midan inclusive las consecuencias políticas de sus actos. Partido corrupto, partido que pierde votos.
La otra parte es acotar a los partidos políticos para eliminar las zonas de corrupción posible. Esto no es fácil, porque los partidos manejan el Poder Legislativo que les ha dado manga ancha con las prerrogativas, es decir, la parte de nuestros impuestos que los sostienen, y donde también pueden beneficiarse como cabilderos de los grandes intereses privados. Otra de las acciones decisivas contra la corrupción es el escrutinio público, la transparencia, la atención constante, sistematizada de lo que hacen los partidos políticos, de la forma en que viven sus dirigentes. Hasta ahora, la transparencia ha mostrado ser un instrumento de gran valor para el combate a la corrupción.
Aunque la percepción negativa de los partidos es general en el mundo, alcanza su máximo en América Latina, más que en Asia y en África. Sin embargo, hay esperanza de que las cosas mejoren.
Nuestra posición es que, en México, las cosas tienen que mejorar. Los partidos han de cumplir con su parte de responsabilidad. Es su deber político, cívico, jurídico, social, ético, contribuir a la salud pública y, por supuesto, a administrar escrupulosamente los recursos que se han puesto a su cuidado para una función eminente.
Pero no solamente eso. Debemos de encontrar la manera de someter a los dirigentes políticos a algunas formas de escrutinio, como podrían ser declaraciones patrimoniales para comenzar a tener elementos legales que permitan cotejar el progreso de sus bienes durante el tiempo que duran en el encargo. Seamos sensatos. Ya no queremos más corrupción, y mucho menos corrupción política. (El Universal).











