"La violencia sistemática contra las mujeres y el narcotráfico, dos de los más grandes problemas que aquejan a este país, tienen algo en común: raíces en el tejido social, en la cultura que para muchos define lo ""mexicano"". zCómo llegamos a este punto? Se lo debemos al largo periodo en que esos crímenes fueron perpetrados sin castigo, incluso con ojos de aprobación desde varios sectores de la sociedad. Cambiar tal inercia va más allá de la capacidad policial, jurídica y penal de un Estado.
Para llegar a esa conclusión basta con analizar los esfuerzos realizados a nivel gubernamental en los últimos anos, que no son menores en inversión ni en número. Se crearon institutos estatales y federales para la atención a mujeres a nivel sicológico, legal y médico; las procuradurías de justicia han desarrollado agencias especializadas en delitos sexuales atendidas por mujeres; varias leyes han sido promulgadas para penalizar formas de violencia de género antes ignoradas; se difundieron numerosas campanas en medios de comunicación pagadas gobiernos, fundaciones, institutos y organizaciones de la sociedad civil desde hace anos.
El problema es que, de forma aislada, esos esfuerzos han conseguido poco para resarcir la falta de profesionalización de los servidores públicos en la atención ética a este asunto. Lo anterior se traduce, a su vez, en Ministerios Públicos que desestiman las amenazas de maridos golpeadores, en legisladores estatales a quienes tiene sin cuidado que sea penalmente más grave matar a una vaca que a una mujer y en gobernantes que minimizan los feminicidios en las zonas bajo su influencia.
Por otro lado, ha sido muy lento el avance cultural. Todavía se concibe este problema como no grave, aunque sabemos que implica la salud pública y la seguridad de la mitad de la población.
Parece normal incluso a los ojos de los mexicanos con pensamiento liberal por excelencia: los jóvenes. Apenas hace unas semanas conocimos en una encuesta difundida por el Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve) que ocho de cada 10 han recibido insultos por parte de los padres y dos de cada 10 recibieron golpes. Obviamente, lo ven natural. ""Me cela porque me quiere"", ""me dice cómo vestirme porque se preocupa por mí"". De las amenazas a los golpes, al asesinato, el paso es sencillo.
Protestas airadas de actores políticos y sociales generó la ola de secuestros en este país en 1997 y en 2008. zCuántas marchas multitudinarias provocaron los feminicidios en Ciudad Juárez? zCuántas el incremento de las violaciones en el transporte público? zCuántas el destape de cifras alarmantes de prostitución de ninas y adolescentes? Ninguna.
En su día, muchos ciudadanos nos escribieron molestos porque los medios, decían, sólo prestan atención a las tragedias de los ""ricos"", como fue el caso Martí, el de la familia Vargas y de la senora Wallace. El problema, más bien, es que un delito como la violación, también de alto impacto, nunca ha tenido la misma relevancia pública que el secuestro, aunque es muchísimo más común y sus secuelas de gravedad similares para la víctima y sus familiares.
""El pasado 17 de octubre violaron a mi hija, de 13 anos, mientras se encontraba sola en casa. Desde ese día hasta hoy he luchado por que se castigue a los culpables"". Así comenzó el relato de Karla, una madre cuyo testimonio fue difundido el ano pasado en la Voz del Lector de este periódico. Lo máximo que consiguió la publicación del caso fue una cita con la asistente del procurador local.
Necesitamos cambiar el ""estatus"" de la mujer en México. Sólo la acción conjunta de sociedad organizada, medios de comunicación y gobiernos puede conseguirlo. (El Universal)
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