Conforme avanza el proceso de extradición del empresario de origen libanés, Jean Succar Kuri, preso en Arizona y acusado de presuntamente controlar una banda de pornografía infantil, se van revelando otros posibles delitos conexos, como el de lavado de dinero.
Serán las autoridades judiciales las que determinen el grado de responsabilidad de este personaje en los hechos de los que se le acusa. Sin embargo, el debate generado en torno de este caso ha servido para mostrar las dimensiones que tiene el abuso contra infantes en nuestro país, las redes de protección de las que gozan los pederastas y, sobre todo, el grado de descomposición social que ha permitido que se llegue a estos extremos.
Que México sea considerado un paraíso para estos delincuentes es algo vergonzoso, a lo que se debe poner fin de inmediato, por complejas que sean las soluciones.
Las autoridades tienen una gran responsabilidad en el cuidado de la infancia. Una nación que no es capaz de cuidar a lo más preciado de sus activos humanos, como son los ninos, poco tendrá qué hacer en el concierto mundial en los próximos anos.
Tenemos un sistema educativo laxo, que muy difícilmente alcanza logros en materia de conocimientos y por lo tanto mucho menos sirve para proteger la integridad física de sus educandos. Hay huecos en la procuración e impartición de justicia que permiten a los pederastas actuar a sus anchas por todo el país, sobre todo en centros turísticos, sin que se haya actuado a fondo en contra de ellos.
Es una verdadera falta de atención que el Estado no tenga, como prioridad, cuidar a su infancia, acaso por estar más preocupado por controlar variables políticas y económicas que, siendo importantes, no valen lo que una sola persona agredida por otra mayor. Desatender desde el gobierno esos casos es tanto como ayudar al agresor a cometer su atrocidad.
Tampoco el seno familiar se escapa de su responsabilidad. En la medida en que la desintegración de la familia se intensifica, crece el número de ninos descuidados, la desatención sobre lo que ellos leen, con qué clase de personas conviven, qué consultan en Internet o cuáles son sus amigos. Esto es campo de cultivo ideal para los pederastas, que, aprovechándose de la falta de atención sobre los ninos, tienen puerta abierta a sus perversiones.
Combatir la pederestia no es un asunto de delincuencia común. Es un problema de salud pública, de insania social que debe ser erradicado de raíz y no sólo abordado tangencialmente. Que casos como éstos se sigan dando en México y crezcan exponencialmente cada ano habla muy mal de nuestro equilibrio emocional como sociedad, de nuestra débil moral como familias, así como del fracaso de las instituciones para proteger a sus ciudadanos más indefensos.
Urgen campanas preventivas. Se requieren lo castigos más extremos a sus perpetradores y mandar al mundo el mensaje de que México no es más tierra libre para este tipo de fechorías. Ya se ha dejado crecer en exceso el problema como para seguir solapándolo o escondiéndolo abajo del tapete. Basta ya de que se agreda a nuestra infancia y que todos volteen la cara a otro lado, como si nada pasara.











